Don
Orione tenía presente en su vida espiritual el misterio de la Iglesia.
Misterio que vivía sin separar jamás la vida espiritual de la misión, y
es así como la congregación de Don Orione vive, quizás como pocas, el
espíritu de eclesialidad. Está en el corazón de la Iglesia sólo para
ofrecer el servicio más humilde y desinteresado. El Concilio Ecuménico
Vaticano II enseña que es inseparable la misión del Espíritu y el
Espíritu de la misión. «De todos los grandes santos de los últimos
tiempos desde el ‘800 hasta nuestros tiempos, quizás el mismo Don Orione
es el que ha sido más conciente de esta dimensión. Es por esto que Don
Orione es importante para la historia de la espiritualidad cristiana. No
sólo para sus hijos, sino que también es una guía para todos los
cristianos. En él hay una estrechísima unión entre el compromiso
personal de respuesta al Señor y el compromiso de trabajo en la Iglesia»
(cfr. Divo Barsotti; Don Orione, Maestro di vita spirituale). El supo
leer la situación del pueblo de Dios, a la luz de los acontecimientos
que sucedieron entre los fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX. Y
a la «luz de los signos de los tiempos» quiso caminar con el pueblo,
con la gente humilde. «¡El dueño del mundo después de Dios es el pueblo!
¿Y si sucede que este pueblo se separa de la Iglesia? Nosotros debemos
llevar al pueblo a la Iglesia de Dios» (Don Orione, Par VII, 91).
Conociendo
la espiritualidad de Don Orione y sabiéndonos partícipes de «la misma
misión salvífica de la Iglesia a la que estamos llamados por medio del
bautismo» (cfr. LG 33), nos preguntamos: ¿cuál es la relación del laico
orionita con la Iglesia hoy? ¿Aceptamos el desafío de «Instaurare omnia
in Cristo» en el descubrir la propia misión a la luz de los signos de
los tiempos para «Instaurare omnia in Ecclesia»?
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