Cosas del otro mundo
Salió hacia América Latina el 24 de septiembre
de 1934.En verdad ya había estado en 1921. Tampoco allí había pasado
inadvertido este cura no clasificable, emprendedor, con maneras a veces
explosivas, que no usa medias palabras cuando se trata de denunciar los abusos
y la injusticia social y predica que la verdadera revolución se hace de
rodillas ante el tabernáculo.En Brasil había dejado atónito al clero local con
su “pastoral de los negros”. Una vez más se había adelantado simplemente a su
época. La que había insistido para que fuera era una hija espiritual suya, la
madre Teresa Michel, otra “loca” como él, que no le iba a la zaga en lo tocante
a la fe en la Providencia y a la que don Orione estaba agradecido por haber
recibido consejos y consuelo en circunstancias difíciles.Esta vez en la nave
“Conte Grande” que lo lleva a Argentina está también el futuro Pío XII, que va
al país latinoamericano para el Congreso eucarístico internacional. El cardenal
Pacelli, durante la travesía tuvo modo de manifestarle su estima. Don Orione
conocía a su hermano, el abogado Francesco Pacelli, que había tomado parte en
las negociaciones oficiales del Concordato. Pero “el confesor del Conte
Grande”, como le llamaban en la nave, reacio a las glorificaciones, al llegar a
Buenos Aires vio un panorama enorme de miseria. Recuerda don Dutto: «Comienza a
rebuscar en los tugurios, en las callejuelas, en los barrios bajos, en busca de
impedidos, lisiados, incurables, alcoholizados, dementes: los elige como sus
patronos, les lava con sus manos las heridas, los sirve». En Buenos Aires va a
vivir en la calle Carlos Pellegrini, en una casa que le regaló un dama, y que
él comparte con un ex cura, un niño sordomudo con su hermana enferma y su madre
viuda. A la puerta de esta casa llega la gente más variada: pobres,
latifundistas, profesionales, religiosos, militares. En 1936 pasa una temporada
en la casa Jacques Maritain. En ella tiene reuniones con el arzobispo Copello,
con el nuncio, e incluso se entrevista con el jefe de Estado. Sus noviciados,
sus casas, se abren una tras otra, como si nada, como florecen siempre las
obras que deja a su paso: un gesto concreto, una respuesta inmediata, una
intuición, un encuentro, una circunstancia azarosa, y se realizan con el dinero
que parece salir directamente de la barba de san José y de los bolsillos de
esos ricos que llenos de confianza ponen al seguro su dinero en sus bolsillos
rotos. En aquella tierra de amplios espacios y vastos horizontes, parece haber
echado raíces y no atiende a los que cada vez más insistentemente le invitan a
volver a Italia. Impertérrito sigue abriendo puertas. Pide más personal. El
bueno de don Sterpi, que desde la otra parte del océano dirigía la
Congregación, no sabe dónde echar mano, y le suplica e implora que vuelva. Además
comienzan a soplar vientos de guerra y hay problemas con el obispo de Tortona.
Al final, tras agotar todas las argumentaciones convincentes, le escribe:
«Aunque mucho estimo sus cartas, le ruego que no me vuelva a escribir, porque
dándome noticia siempre de nuevas casas, usted me mata». En tres años recorre
una distancia diez veces superior a la que hay entre Italia y Argentina,
«rogando al Señor que multiplique Sus obras», en una inmersión continua en la
realidad que no conoce obstáculos: «¡Ojalá tuviera cien, mil brazos y llegar
allí donde nadie quiere!», y dar vida a ese fuego que indomable le quema
dentro. Argentina no lo olvidará nunca. Un cura y bastaLlega al puerto de
Nápoles en agosto de 1937.A su regreso le invitan a dar conferencias. Por lo
demás, no tenía ninguna intención de esconder las obras de la Providencia.
Alérgico a los honores, escondía, en cambio, su propia persona. Durante una
intervención en el Aula magna de la universidad Católica de Milán, no tuvo más
remedio que oír al orador oficial alabar sus méritos. Los que estaban a su lado
ven que se cubre la cara con las manos, no está quieto en la silla, como si
estuviera sufriendo una tortura. Sin la mínima ostentación, con toda la
vehemencia de su carácter impetuoso, saltó y dijo: «¡Pero qué don Orione, qué
don Orione campesino de Pontecurone! ¡No le crean! ¡No le crean!». Otra vez, en
la inauguración del instituto San Felipe Neri de Roma, le toca el mismo
suplicio. Acurrucado en la tercera fila, con la frente fruncida, escucha las
palabras que el senador Cavazzoni usa para alabarle. Mira a su alrededor
buscando una salida. Imposible. La gente abarrota el salón, está también el
presidente del Senado, a su lado el cardenal Salotti y numerosas autoridades.
Al final, le llaman al escenario. Su voz deja entrever la timidez sincera y el
esfuerzo que hace para que no le salgan palabras poco oportunas, dice: «Yo no
sé hablar. Sólo sé hacer chapuzas… y estoy seguro que de todos los sacerdotes
aquí presentes no hay uno más pecador que yo». Y luego dirigiéndose al orador:
«Mi querido senador, pero ¿quién le ha dicho todas estas bobadas de mí?». Y
levantando la voz para ser oído: «La verdad es esta, y quiero que todos se
enteren, yo no soy el fundador de nada. Yo no tengo nada que ver». Y como
acababa de volver de Argentina recurre al español de san Juan de la Cruz:
«¡Nada! ¡Nada! [en español]… Si he tenido que dar la vuelta a medio mundo,
hasta la lejana América, es porque así se hace con un mono y con un macaco
cualquiera». No se comporta así cuando se trata de asumir la responsabilidad de
alguna falta, para esto no era reacio, reconociendo incluso públicamente sus
errores. Decía: «Si hay algo bueno en la Pequeña congregación es todo obra y
bondad de la divina Providencia. Si hay algo imperfecto y deforme es culpa mía,
y quizá también de algunos de vosotros, mis queridos hijos». Si las alabanzas
lo herían, también las injurias; éstas, sin embargo, las consideraba un bien.
Refiere el sacerdote De Paoli: «Un joven, en el momento de abandonar la
Congregación lo llenó de insultos y groserías. Yo estaba presente. Don Orione
quiso darle dinero, lo abrazó con ternura, lo besó en la frente con cariño, le
deseó todo el bien y quiso que rezáramos por él como por un benefactor».Escribe
al pie de una fotografía que lo inmortaliza durante la subida al monte Soratte,
mientras se dirige a lomos de un asno a visitar a sus eremitas: «Él y yo somos
dos». Para recordar, con su genuina ironía, que no se tenía en mucha
consideración. En Tortona, mientras tanto, la situación vuelve a agitarse. El
obispo se queja. Infamias, habladurías, acusaciones, calumnias. Una vez más
hostilidad y tormentos. A un amigo de Roma le manda un billete: «Perdono a
todos y estoy muy contento de estar lejos de las tretas y del alboroto de
Tortona. Mis sacerdotes rezan, callan y esperan conmigo, fidentes in Domino…
Que los enemigos me saquen los ojos, basta que me dejen el corazón para
amarles…». Un religioso de la orden, al que había dado cargos de confianza, le
escribe una carta «malvada y mendaz». Le sienta mal. Don Cribellati quiere
hablar con él para tomar medidas y don Orione le dice: «Nada… Para estas
personas: a) se reza a Dios; b) se perdona; c) se ama». «Nuestra caridad es un
dulce y loco amor de Dios y de los hombres que no es de la tierra», había
escrito al ir a Argentina. Su corazón empieza a gastarle bromas. En 1939 padece
un grave ataque de angina de pecho y en febrero de 1940, otro. El 8 de marzo,
en la casa general de Tortona, pide los últimos sacramentos y se despide de
todos con su último “buenas noches”. El día siguiente sale hacia Sanremo, sabía
que no volvería, va hacia la muerte como para abrir una puerta: «Jesús, Jesús…
voy». Y esto en el fondo es la broma más sonada que su corazón nos ha gastado:
para hablar con él es necesario abrir a Otro. Maravilloso es Dios en sus
santos. En lo que se refiere a sí mismo, el epígrafe esculpido en su tumba
dice: Aloysius Orione Sacerdos. Te Christus in Pace. Nada más. Sacerdos. Quizá
el único elogio que hubiera aceptado, lo que simplemente es y fue: un cura, y
basta. Que san Luis Orione nos perdone
Don
Orione en el monte Soratte visita a sus eremitas en septiembre de 1934. Al pie
de la foto la curiosa frase autógrafa: «Él y yo somos dos»foto