Me alegraría mucho si tú vinieras para dar tu vida en esta pobre y
humilde Congregación, y daría gracias a Dios de corazón (...). Si crees
que Dios te llama a esta naciente Congregación, no tienes que anhelar
cargos, sino venir deseando una vida más humilde, más escondida y más
perfecta y para ponerte al seguro de tantos engaños y ocasiones de
pecado. Debes venir con el deseo de ofrecerte a Dios sin límites y
ponerte en manos de los superiores, sean quienes sean y así tú harás el
mayor bien que puedas hacer, primero para ti, y después para la santa
Iglesia de Dios y para la Sede apostólica, a la que estamos ligados por
un voto especial. La Iglesia y la sociedad tienen hoy necesidad de almas
grandes, que amen a Dios y al prójimo sin medida, y que se consagren
como víctimas de caridad, que es la que puede devolver los hombres a la
fe. Si tú vienes, yo procederé contigo con gran cautela y exigiéndote
mucho. Te colocaré en el último puesto en la Congregación, y no te daré
nada que pueda satisfacer o alimentar tu amor propio. Sé que Dios quiere
transformarte en un instrumento de misericordia y salvación, y quiere
que tú, bien alimentado de vanidades mundanas, te entregues ahora
enteramente a él en la mortificación y negación de ti mismo, ya que
quiere hacer de ti un santo. Dondequiera que vayas si no haces esto no
tendrás paz, porque ésta no es mi voz, sino que es la voz y una de las
llamadas de Dios que te hace a ti. No te resistas. Muchas almas te
esperan y sus ángeles te llaman: pero el grado de trigo primero debe
morir para después brotar con la vida de Dios. Penso que ésta es la hora
designada por Dios para ti. Reza a la Virgen Santísima, rézala
fervorosamente, y después da la espalda al mundo para ser todo de
Jesucristo: el Señor caminará contigo (.