San Francisco
de Sales, patrono de los periodistas y de los escritores. Este santo de la Edad
Moderna, nacido en el ducado de Saboya, en 1567 y fallecido en 1622 en Lyon,
recibió este reconocimiento patronal por parte del Papa Pío XI en 1923. San
Francisco de Sales se destacó por su gran capacidad comunicativa a través de la
escritura. Sus dotes comunicativas le llevaron a ser nombrado predicador en los
púlpitos de París entre 1618 y 1619. Falleció en Lyon a los 55 años tras sufrir
una apoplejía durante un viaje.
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https://www.europapress.es/sociedad/noticia-san-francisco-sales-patrono-periodistas-20170124164440.html
El Vaticano
ha hecho público el Mensaje del Santo Padre Francisco para la 56ª Jornada
Mundial de las Comunicaciones Sociales, que este año 2022 se anuncia con el
título «Escuchar con los oídos del corazón».
MENSAJE DEL SANTO
PADRE FRANCISCO
PARA LA 56
JORNADA MUNDIAL
DE LAS
COMUNICACIONES SOCIALES
Escuchar con los
oídos del corazón
Queridos
hermanos y hermanas:
El año pasado
reflexionamos sobre la necesidad de “ir y ver” para descubrir la realidad y
poder contarla a partir de la experiencia de los acontecimientos y del
encuentro con las personas. Siguiendo en esta línea, deseo ahora centrar la
atención sobre otro verbo, “escuchar”, decisivo en la gramática de la
comunicación y condición para un diálogo auténtico.
En efecto,
estamos perdiendo la capacidad de escuchar a quien tenemos delante, sea en la
trama normal de las relaciones cotidianas, sea en los debates sobre los temas
más importantes de la vida civil. Al mismo tiempo, la escucha está
experimentando un nuevo e importante desarrollo en el campo comunicativo e
informativo, a través de las diversas ofertas de podcast y chat audio, lo que
confirma que escuchar sigue siendo esencial para la comunicación humana.
A un ilustre
médico, acostumbrado a curar las heridas del alma, le preguntaron cuál era la
mayor necesidad de los seres humanos. Respondió: “El deseo ilimitado de ser
escuchados”. Es un deseo que a menudo permanece escondido, pero que interpela a
todos los que están llamados a ser educadores o formadores, o que desempeñen un
papel de comunicador: los padres y los profesores, los pastores y los agentes
de pastoral, los trabajadores de la información y cuantos prestan un servicio
social o político.
Escuchar con
los oídos del corazón
En las
páginas bíblicas aprendemos que la escucha no sólo posee el significado de una
percepción acústica, sino que está esencialmente ligada a la relación dialógica
entre Dios y la humanidad. «Shema’ Israel - Escucha, Israel» (Dt 6,4), el
íncipit del primer mandamiento de la Torah se propone continuamente en la
Biblia, hasta tal punto que san Pablo afirma que «la fe proviene de la escucha»
(Rm 10,17). Efectivamente, la iniciativa es de Dios que nos habla, y nosotros
respondemos escuchándolo; pero también esta escucha, en el fondo, proviene de
su gracia, como sucede al recién nacido que responde a la mirada y a la voz de
la mamá y del papá. De los cinco sentidos, parece que el privilegiado por Dios
es precisamente el oído, quizá porque es menos invasivo, más discreto que la
vista, y por tanto deja al ser humano más libre.
La escucha
corresponde al estilo humilde de Dios. Es aquella acción que permite a Dios
revelarse como Aquel que, hablando, crea al hombre a su imagen, y, escuchando,
lo reconoce como su interlocutor. Dios ama al hombre: por eso le dirige la
Palabra, por eso “inclina el oído” para escucharlo.
El hombre,
por el contrario, tiende a huir de la relación, a volver la espalda y “cerrar
los oídos” para no tener que escuchar. El negarse a escuchar termina a menudo
por convertirse en agresividad hacia el otro, como les sucedió a los oyentes
del diácono Esteban, quienes, tapándose los oídos, se lanzaron todos juntos
contra él (cf. Hch 7,57).
Así, por una
parte está Dios, que siempre se revela comunicándose gratuitamente; y por la
otra, el hombre, a quien se le pide que se ponga a la escucha. El Señor llama
explícitamente al hombre a una alianza de amor, para que pueda llegar a ser
plenamente lo que es: imagen y semejanza de Dios en su capacidad de escuchar,
de acoger, de dar espacio al otro. La escucha, en el fondo, es una dimensión
del amor.
Por eso Jesús
pide a sus discípulos que verifiquen la calidad de su escucha: «Presten
atención a la forma en que escuchan» (Lc 8,18); los exhorta de ese modo después
de haberles contado la parábola del sembrador, dejando entender que no basta
escuchar, sino que hay que hacerlo bien. Sólo da frutos de vida y de salvación
quien acoge la Palabra con el corazón “bien dispuesto y bueno” y la custodia
fielmente (cf. Lc 8,15). Sólo prestando atención a quién escuchamos, qué
escuchamos y cómo escuchamos podemos crecer en el arte de comunicar, cuyo
centro no es una teoría o una técnica, sino la «capacidad del corazón que hace
posible la proximidad» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 171).
Todos tenemos
oídos, pero muchas veces incluso quien tiene un oído perfecto no consigue
escuchar a los demás. Existe realmente una sordera interior peor que la sordera
física. La escucha, en efecto, no tiene que ver solamente con el sentido del
oído, sino con toda la persona. La verdadera sede de la escucha es el corazón.
El rey Salomón, a pesar de ser muy joven, demostró sabiduría porque pidió al
Señor que le concediera «un corazón capaz de escuchar» ( 1 Re 3,9). Y san
Agustín invitaba a escuchar con el corazón ( corde audire), a acoger las
palabras no exteriormente en los oídos, sino espiritualmente en el corazón: «No
tengan el corazón en los oídos, sino los oídos en el corazón» [1]. Y san
Francisco de Asís exhortaba a sus hermanos a «inclinar el oído del corazón»
[2].
La primera
escucha que hay que redescubrir cuando se busca una comunicación verdadera es
la escucha de sí mismo, de las propias exigencias más verdaderas, aquellas que
están inscritas en lo íntimo de toda persona. Y no podemos sino escuchar lo que
nos hace únicos en la creación: el deseo de estar en relación con los otros y
con el Otro. No estamos hechos para vivir como átomos, sino juntos.
La escucha
como condición de la buena comunicación
Existe un uso
del oído que no es verdadera escucha, sino lo contrario: el escuchar a
escondidas. De hecho, una tentación siempre presente y que hoy, en el tiempo de
las redes sociales, parece haberse agudizado, es la de escuchar a escondidas y
espiar, instrumentalizando a los demás para nuestro interés. Por el contrario,
lo que hace la comunicación buena y plenamente humana es precisamente la
escucha de quien tenemos delante, cara a cara, la escucha del otro a quien nos
acercamos con apertura leal, confiada y honesta.
Lamentablemente,
la falta de escucha, que experimentamos muchas veces en la vida cotidiana, es
evidente también en la vida pública, en la que, a menudo, en lugar de oír al
otro, lo que nos gusta es escucharnos a nosotros mismos. Esto es síntoma de
que, más que la verdad y el bien, se busca el consenso; más que a la escucha,
se está atento a la audiencia. La buena comunicación, en cambio, no trata de
impresionar al público con un comentario ingenioso dirigido a ridiculizar al
interlocutor, sino que presta atención a las razones del otro y trata de hacer
que se comprenda la complejidad de la realidad. Es triste cuando, también en la
Iglesia, se forman bandos ideológicos, la escucha desaparece y su lugar lo ocupan
contraposiciones estériles.
En realidad,
en muchos de nuestros diálogos no nos comunicamos en absoluto. Estamos
simplemente esperando que el otro termine de hablar para imponer nuestro punto
de vista. En estas situaciones, como señala el filósofo Abraham Kaplan [3], el
diálogo es un “duálogo”, un monólogo a dos voces. En la verdadera comunicación,
en cambio, tanto el tú como el yo están “en salida”, tienden el uno hacia el
otro.
Escuchar es,
por tanto, el primer e indispensable ingrediente del diálogo y de la buena
comunicación. No se comunica si antes no se ha escuchado, y no se hace buen
periodismo sin la capacidad de escuchar. Para ofrecer una información sólida,
equilibrada y completa es necesario haber escuchado durante largo tiempo. Para
contar un evento o describir una realidad en un reportaje es esencial haber
sabido escuchar, dispuestos también a cambiar de idea, a modificar las propias hipótesis
de partida.
En efecto,
solamente si se sale del monólogo se puede llegar a esa concordancia de voces
que es garantía de una verdadera comunicación. Escuchar diversas fuentes, “no
conformarnos con lo primero que encontramos” —como enseñan los profesionales
expertos— asegura fiabilidad y seriedad a las informaciones que transmitimos.
Escuchar más voces, escucharse mutuamente, también en la Iglesia, entre
hermanos y hermanas, nos permite ejercitar el arte del discernimiento, que
aparece siempre como la capacidad de orientarse en medio de una sinfonía de
voces.
Pero, ¿por
qué afrontar el esfuerzo que requiere la escucha? Un gran diplomático de la
Santa Sede, el cardenal Agostino Casaroli, hablaba del “martirio de la
paciencia”, necesario para escuchar y hacerse escuchar en las negociaciones con
los interlocutores más difíciles, con el fin de obtener el mayor bien posible
en condiciones de limitación de la libertad. Pero también en situaciones menos
difíciles, la escucha requiere siempre la virtud de la paciencia, junto con la
capacidad de dejarse sorprender por la verdad — aunque sea tan sólo un
fragmento de la verdad— de la persona que estamos escuchando. Sólo el asombro
permite el conocimiento. Me refiero a la curiosidad infinita del niño que mira
el mundo que lo rodea con los ojos muy abiertos. Escuchar con esta disposición
de ánimo —el asombro del niño con la consciencia de un adulto— es un
enriquecimiento, porque siempre habrá alguna cosa, aunque sea mínima, que puedo
aprender del otro y aplicar a mi vida.
La capacidad
de escuchar a la sociedad es sumamente preciosa en este tiempo herido por la
larga pandemia. Mucha desconfianza acumulada precedentemente hacia la
“información oficial” ha causado una “infodemia”, dentro de la cual es cada vez
más difícil hacer creíble y transparente el mundo de la información. Es preciso
disponer el oído y escuchar en profundidad, especialmente el malestar social
acrecentado por la disminución o el cese de muchas actividades económicas.
También la
realidad de las migraciones forzadas es un problema complejo, y nadie tiene la
receta lista para resolverlo. Repito que, para vencer los prejuicios sobre los
migrantes y ablandar la dureza de nuestros corazones, sería necesario tratar de
escuchar sus historias, dar un nombre y una historia a cada uno de ellos.
Muchos buenos periodistas ya lo hacen. Y muchos otros lo harían si pudieran.
¡Alentémoslos! ¡Escuchemos estas historias! Después, cada uno será libre de
sostener las políticas migratorias que considere más adecuadas para su país.
Pero, en cualquier caso, ante nuestros ojos ya no tendremos números o invasores
peligrosos, sino rostros e historias de personas concretas, miradas,
esperanzas, sufrimientos de hombres y mujeres que hay que escuchar.
Escucharse en
la Iglesia
También en la
Iglesia hay mucha necesidad de escuchar y de escucharnos. Es el don más
precioso y generativo que podemos ofrecernos los unos a los otros. Nosotros los
cristianos olvidamos que el servicio de la escucha nos ha sido confiado por
Aquel que es el oyente por excelencia, a cuya obra estamos llamados a
participar. «Debemos escuchar con los oídos de Dios para poder hablar con la
palabra de Dios» [4]. El teólogo protestante Dietrich Bonhoeffer nos recuerda
de este modo que el primer servicio que se debe prestar a los demás en la
comunión consiste en escucharlos. Quien no sabe escuchar al hermano, pronto
será incapaz de escuchar a Dios [5].
En la acción
pastoral, la obra más importante es “el apostolado del oído”. Escuchar antes de
hablar, como exhorta el apóstol Santiago: «Cada uno debe estar pronto a
escuchar, pero ser lento para hablar» (1,19). Dar gratuitamente un poco del
propio tiempo para escuchar a las personas es el primer gesto de caridad.
Hace poco ha
comenzado un proceso sinodal. Oremos para que sea una gran ocasión de escucha
recíproca. La comunión no es el resultado de estrategias y programas, sino que
se edifica en la escucha recíproca entre hermanos y hermanas. Como en un coro,
la unidad no requiere uniformidad, monotonía, sino pluralidad y variedad de
voces, polifonía. Al mismo tiempo, cada voz del coro canta escuchando las otras
voces y en relación a la armonía del conjunto. Esta armonía ha sido ideada por
el compositor, pero su realización depende de la sinfonía de todas y cada una
de las voces.
Conscientes
de participar en una comunión que nos precede y nos incluye, podemos redescubrir
una Iglesia sinfónica, en la que cada uno puede cantar con su propia voz
acogiendo las de los demás como un don, para manifestar la armonía del conjunto
que el Espíritu Santo compone.
Roma, San
Juan de Letrán, 24 de enero de 2022, Memoria de san Francisco de Sales.
Francisco