«Cada palabra nuestra debe ser un soplo de cielos abiertos: todos deben sentir la llama que arde en nuestro corazón y la luz de nuestro incendio interior; encontrar allí a Dios y a Cristo… Hay que servir en los hombres al Hijo del Hombre.
Para conquistar a Dios y ganar a los demás se necesita, en primer lugar, vivir una vida intensa de Dios en nosotros mismos, tener dentro de nosotros una fe dominante, un ideal grande que sea llama que nos encienda y brille -renunciar a nosotros mismos por los otros-inflamar nuestra vida en una idea y en un amor sagrado más fuerte…
Debemos ser santos, pero serlo de tal manera que nuestra santidad no pertenezca sólo al culto de los fieles, ni esté sólo en la Iglesia, sino que transcienda y se expanda en la sociedad tanto esplendor de luz, tanta vida de amor de Dios y de los hombres hasta ser, más que santos de la Iglesia,.."siervos de Cristo y de los pobres"
Comunicaros con los hermanos sólo con fines edificantes, comunicaros con los otros sólo para difundir la bondad del Señor: amar en todos a Cristo, servir a Cristo en los pobres, renovar en nosotros a Cristo y restaurar todo en Cristo, salvar siempre, salvar a todos, salvar a costa de cualquier sacrificio con pasión redentora y con holocausto redentor...
Llevaremos con nosotros, y bien dentro de nosotros, el divino tesoro de aquella Caridad que es Dios, y aunque debamos andar entre la gente, conservemos en el corazón ese silencio celestial que ningún ruido del mundo puede romper la celda inviolada del humilde conocimiento de nosotros mismos, donde el alma habla con los ángeles y con Cristo Señor.
!Almas y Almas¡ (Acción y Contemplación, pg.100)
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