SABÍAS ?

MOVIMIENTO LAICAL ORIONITA BARRANQUERAS

SABES LO QUE SIGNIFICA MLO? SIGNIFICA MOVIMIENTO LAICAL ORIONITA

¿ Y SU ORIGEN? :

El MLO tiene su origen en Don Orione el cual durante toda su vida, ha comprometido a los laicos en su espíritu y misión para "sembrar y arar a Cristo en la sociedad".

¿Quiénes integran el movimiento?
Todos aquellos laicos que enraizados en el Evangelio, desean vivir y transmitir el carisma de Don Orione en el mundo...

¿Cuál es el fìn del MLO?

Es favorecer la irradiación espiritual de la Familia orionita, más allá de las fronteras visibles de la Pequeña Obra.
¿Cómo lograr esto?

A través del acompañamiento, animación y formación en el carisma de sus miembros,respetando la historia y las formas de participaciòn de cada uno.

¿Te das cuenta? Si amás a Don Orione, si comulgás con su carisma, si te mueve a querer un mundo mejor, si ves en cada ser humano a Jesús, si ves esa humanidad dolorida y desamparada en tus ambientes, SOS UN LAICO ORIONITA.

¿SABÍAS?
El camino y las estructuras del MLO, se fueron consolidando en las naciones de presencia orionita. Al interno del MLO y con el estímulo de los Superiores Generales , se juzgó maduro y conveniente el reconocimiento canónico del MLO ... así fue solicitado como Asociación Pública de Fieles Laicos, ante la Congregación para la vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCVSA) y fue aprobado el 20 de noviembre de 2012.

Y BARRANQUERAS, SABÉS DONDE QUEDA? en el continente americano, en América del Sur, en ARGENTINA, y es parte de la Provincia del CHACO.

Algunas de las imágenes que acompañan las diferentes entradas de este Blog pueden provenir de fuentes anónimas de la red y se desconoce su autoría. Si alguna de ellas tiene derechos reservados, o Ud. es el titular y quiere ser reconocido, o desea que sea quitada, contacte conmigo. Muchas gracias


domingo, 3 de mayo de 2026

“SEMBRAR” LA VIRGEN , CASA DE LOS OBLATOS






La compra de la “Casa de los Oblatos”
Los meses transcurrieron en un clima de renovado “deseo de hacer”. La afirmación - por así decir - “canónica” contra los adversarios y detractores daba nuevo impulso a los espíritus; sin embargo, no había margen para ningún triunfalismo. Alegría íntima, sí: la Obra había sido aprobada... ¡y era primavera!
Todos los aspectos de las cosas recuperaban su belleza, y además, ¡era la primavera de la Obra! Pero, de pronto, reaparecen las circunstancias difíciles, el banco de pruebas para esa alegría y ese celo. En el cercano 1904 caducaba la concesión que la Comuna de Tortona había hecho para el “Santa Clara”. Fuese o no por necesidad real, la Comuna misma pidió la casa con un preaviso de año y medio.
Había que desalojar. Don Orione hizo un recuento de los muchachos: trescientos.
Desalojar, por lo tanto, a trescientos diez, porque debía contarse también al personal directivo y auxiliar. Con sus trescientos, Leónidas detuvo a Jerjes en las Termópilas, pero Don Orione, con sus trescientos diez no podía detener al municipio de Tortona.
 Fue entonces cuando despertó en él el deseo de cierta casa grande, restaurada, limpia, que estaba allí, a dos pasos y esperaba llamativamente a alguien dispuesto a usarla. Se trataba de la “Casa de los Oblatos” preparada con tanto amor y tanta esperanza por el Obispo para un grupito ideal de sacerdotes escogidos, “entregados” a una tarea decididamente superior. Tal había sido el sueño de Monseñor Bandi, pero no pasó de un sueño. Transcurrido el tiempo, consumada la desilusión - aceptada por amor de Dios -, Monseñor estaría dispuesto, quizá, a vender su hermosa casa para saldar las deudas contraídas debido al Seminario de Stazzano. Y Don Orione, sabiéndolo - o intuyéndolo - se dirigía a la Virgen: - ¡Oh, Virgen Santa, si es posible, dame esa casa para mis muchachos!
Mientras tanto, más de una vez tuvo efecto este diálogo con el Obispo:
- ¡Excelencia, véndame la casa! - Sí... - respondía el Obispo con cierta sonrisa atribulada que lo caracterizaba -, sí: te la vendo. Y luego, tú, ¿con qué me la pagas?
- Pero, al fin y al cabo, la Providencia ayudará... Y la conversación concluía melancólicamente. Mientras tanto, los días transcurrían y se navegaba hacia el temido 1904, año de vencimiento del contrato. En cierto momento se presentó una benefactora, la condesa Agazzini de Ameno, quien se ofreció a comprar el edificio del “Santa Clara”. Don Orione respiró, informó en seguida al Obispo y estudiaron juntos el proyecto que, sin embargo, parecía irrealizable; finalmente, el Obispo se mostró adverso y la situación quedó como estaba. Don Orione creía estar caminando bajo un cielo cada vez más cargado de nubes; le parecía andar hacia la tormenta que se iba desencadenar puntualmente en el famoso 1904.
Un día, pasando por el jardín de la “Casa de los Oblatos”, sintió con más fuerza que nunca la necesidad de contar con ese edificio y tuvo una idea: tomó una estatuita de la Virgen, la cubrió con dos tejas y - palabras textuales de Don Orione - “sembró la Virgen en un ángulo del huerto...”.
Pasó algún tiempo. El Obispo se sintió inclinado otra vez a darle el edificio, a pesar de que los obstáculos subsistían. El 4 de mayo de 1904 se llegó a un acuerdo con condiciones fijas para una futura compra-venta; parecía haberse dado un primer paso estable, pero muy particular, entre dos generosos: uno imbuido del deseo de comprar para sus cientos y tantos muchachos, pero desprovisto de dinero; el otro, ansioso por donar la casa, pero con las manos atadas por la necesidad de dinero para pagar las deudas contraídas. estos dos grandes señores de la caridad realizaron un contrato, estipularon de palabra para el futuro, y el Obispo concedió a Don Orione el permiso utópico de construir un piso alto. Mientras tanto, las cosas siguieron tal cual, y fue necesario que la Obra de la Divina Providencia pidiese al municipio una prórroga del desalojo, cosa que obtuvo providencialmente. Sin embargo, la simiente germinaba. Un día se presentó la señora Francesca Zurletti, una benefactora alejandrina que ofreció nada menos que veinte mil liras. Se pasó rápidamente, con los ojos desorbitados por el estupor y la conmoción, a la tasación del inmueble que, para decir poco y no faltar a la más estricta justicia, fue valuado en veinticinco mil liras; mientras el Obispo se disponía a pedir a Roma el permiso para el traspaso, surgieron otras dificultades respecto a las modalidades de la transferencia de la propiedad, y Don Orione escribió una carta que vale la pena trascribir: “...Le repito de rodillas que, abandonado por entero en manos de Dios, no tuve otra voluntad ni otro deseo que el de no estimar en menos la santa vocación y el espíritu del Instituto, que usted bendijo y aprobó, y el de ser siempre su pobre perro fiel. La Obra, por su naturaleza, no puede ser reducida a un asunto de ladrillos ni a ninguna otra cosa. Usted me dice que el convenio no está firmado aún, pero le digo que aunque hubiesen sido cien firmas y yo hubiera sabido que usted se había arrepentido, se lo habría llevado de inmediato... Quiero ser como masa de una sustancia sin resistencia, que usted pueda poner a verter donde quiera y en su mano como una varita que pudiera hacer girar de acuerdo con la inspiración que le trasmite Dios, y ponerla donde le guste y romperla como le pareciera. Nunca, jamás he pedido una verdadera cesión perpetua de la Casa, tomada en su sentido humano y legal; no, sino una cosa in Domino, in Domino, in Domino, un Decreto, otra fórmula incluso más solemne, si la encuentra usted, magna expresión de fe y de caridad. Le dije que, si tuviese un palacio nada me consolaría excepto el Señor con su Divina Providencia...”.
Las tratativas avanzaron; el 4 de julio de 1905, Pío X acogió el pedido del Obispo, lo autorizó a vender la Casa de los Oblatos a la Obra de la Divina Providencia al precio de veinticinco mil liras que se usarían para la exención de los gravámenes del seminario, uniendo y cediendo a la Obra de la Divina Providencia el beneficio parroquial de San Miguel, agregado ya a la Casa de los Oblatos por escrito de la Sagrada Congregación del Concilio el 1º de febrero de 1893. Las cosas maduraban. 
Se fijó como fecha de pago el 20 de octubre, y Don Orione, suspenso entre la alegría y el sentido de la realidad, volvió a contar sus veinte mil liras... ¡no faltaban más que cinco mil! Un sacerdote amigo suyo, Don Inocencio Zanalda, párroco de Santa María de la Versa, le escribió por esos días pidiéndole admitiera en el “Santa Clara” a un jovencito.
 El 12 de octubre Don Orione respondió, desde Roma, que aceptaba al muchacho, pero que se veía obligado, él, tan reacio en general, a pedirle que, si podía pagar algo, que pagase: “¿Sabes por qué te digo esto? Porque como te habrás enterado, le compré al Obispo la Casa de los Oblatos en 25.000 liras. Pero resulta que ahora me veo envuelto en un gran embrollo porque confiaba en la palabra de un sacerdote de enviarme las 5.000 liras restantes. Me falló, o al menos por ahora no puede pagarme. Y te confieso que me encuentro ante graves problemas. Por eso te digo que, si el muchacho puede pagar aunque sea un poco, que lo pague...”.
Don Zanalda metió mano en su cartera y envió las cinco mil liras. Don Orione no terminaba de darle gracias en lo más íntimo de su corazón, pero más aún le agradeció a la Virgen, y lo hizo de un modo que puede parecer extravagante, pero que fue realmente espontáneo y, al mismo tiempo, revela un rasgo particular del estilo del fundador y de su forma de comunicarse con el prójimo: un estilo que surgía con libertad y seguridad de un entusiasmo purísimo y profundo, y no obstante parecía teñido de una astucia casi jocosa, aunque válida.
 Había en este gran religioso un modo espontáneo, ágil, casi jovial de guiñarle el ojo al adversario, a los detractores, a cuantos procuraban interponer un obstáculo cuando él tomaba una iniciativa toda amor, toda fuego, y aparentemente desprovista de sentido práctico. En tales circunstancias aparecía el Don Orione integral, inflexible pero ductilísimo, dotado de una fuerza gigantesca para la realización de sus iniciativas, y al mismo tiempo humilde, complaciente, casi proteico para las soluciones, hasta el punto de desorientar a los antagonistas rígidos; y dotado además de un buen humor muy especial que le permitía confiar sonriendo y oponiéndose a todos y resolver las dificultades aparentemente casi jugando. 
Un Don Orione adulto y niño que veía - las circunstancias más arduas, con los ojos de una infancia abandonada en Dios, gozosa en Dios, imperturbable en el corazón de Jesús. Esta era su fuerza, ese poder de persuasión que cuando los otros menos lo esperaban irrumpía desde su corazón en lo más denso de la controversia y lo resolvía todo. Nos atrevemos a decir algo más: el buen humor orionino, que resolvía miles y miles de cuestiones, alguna vez, frente a un oponente vencido, se coloreaba con un leve y cordial: “¡Te la hice, pero estemos alegres, porque también es bueno para ti si Dios fue servido!”. 
“En esos meses - cuenta el mismo Don Orione - se habían terminado los trabajos de refacción y edificación de un piso alto de la casa recién adquirida. Debían ser inaugurados para el comienzo del año escolar 1905-1906. “Hice poner, entre la arcada y las vigas, no totalmente sacadas, el cuadro de la Virgen del Buen Consejo que nos había sido donado por el mismo Monseñor Novelli, y que luego se mandó a San Remo. Le pegué los billetes de mil - inclusive los corté por la mitad para que alcanzasen - y los dispuse como una aureola alrededor del cuadro.
“En esa época todo el clero me miraba con desconfianza; sólo se me acercaban Monseñor Novelli y Monseñor Carlo Perosi; los otros me escapaban. Vino Monseñor Novelli, y cuando se puso delante de la Virgen del Buen Consejo vio todo ese dinero que tapizaba el cuadro. Se quedó maravillado, y en clase de teología del seminario le gustaba contar la visita hecha a la Casa de la Providencia y el dinero que había visto, de modo que, aunque las deudas siguieron existiendo, la idea de la ruina por quiebra se disipó...”. “Se la había hecho a los incrédulos, a los murmuradores profetas de desgracias... Y debió sentir esa alegría en plenitud si escribió para el folleto de la Obra el siguiente esbozo de artículo, después que, por fin, hubo estipulado el contrato regular de compra de la Casa de los Oblatos para el 15 de noviembre de 1905.

sábado, 2 de mayo de 2026

3 MAYO 1786, NACE JOSE BENITO COTTOLENGO, SU INFLUENCIA EN DON ORIONE

 



San José Benito Cottolengo nace en Bra, Cúneo, Piamonte, Italia el 3 de mayo de 1786. Hijo de Agostino Cottolengo y Benedetta Chiarotti, es el fundador de la Piccola Casa della Divina Provvidenza, centro de acogida para personas con discapacidad mental y/o física. Wikipedia

Nacimiento: 3 de mayo de 1786, Bra, Italia

Fallecimiento: 30 de abril de 1842, Chieri, Italia

Educación: Università degli Studi di Torino (1814–1816)

Libros: Detti e pensieri

Hermanos: Agostino Cottolengo

Padres: Giuseppe Antonio Cottolengo, Benedetta Chiarotti

Organizaciones fundadas: Société des prêtres de Saint Joseph Benoît Cottolengo, Frères de saint-Joseph-Benoît Cottolengo

 

SAN JOSE B COTTOLENGO SU INFLUENCIA EN LA VIDA DE D ORIONE

¿Influyo la cercanía de la “Pequeña casa de la Divina Providencia” (es decir el Cottolengo de Turín) en la espiritualidad del joven Luis Orione?

La figura de San José Benito Cottolengo influyo muchísimo en el joven Luis Orione. Si bien, Don Orione no conoció a este gran santo, conoció su obra y en honor a él llamo a sus casas para gente con discapacidad "Cottolengos".

Sabemos que los “Pequeños Cottolengos” constituyen un capitulo fundamental para la historia de la multiforme actividad caritativa de Don Orione, a pesar de ser el epilogo de lo que inicio en 1893 para los niños pobres.

La compasión hacia los enfermos y a los que sufren, encendida en el joven Orione por el canónigo Cattáneo, se inflamó entonces más que nunca encontrando las filas de pobres y desdichados hospedados en la pequeña casa de la Divina Providencia, como el mismo nos cuenta:

“Recuerdo mis años juveniles, cuando estudiaba en Turín, en la casa de Don Bosco. Un día nos llevaron a pasear. Vivía aún Don Bosco; eran los años en los cuales el gran Santo murió.

Nos concedían un paseo semanal, el jueves, a lo largo de la avenida reina margarita, que entonces estaba al margen de la ciudad y separaba Turín de la región que se llamaba Valdocco, donde están los monumentos de la caridad: los edificios del Cottolengo, de Don Bosco y de la Marquesa de Barolo.

Íbamos a lo largo de la avenida, cuando encontramos una larga fila de personas (una muchedumbre) que nunca acababa, y parecía interminable. Iban formados de a cuatro y se tomaban de a dos las manos. Iban como en cadena: y algunos desbordaban por aquí, y otros por allá. Eran lisiados, ciegos, rengos, jóvenes y viejos. Quien los guiaba era uno de ellos, un poco… mejor, pero que estaba de pie con dificultad y desbandaba mucho también él…

El sol los bañaba. Aquellos arboles veían pasar aquella columna –llamémoslo así- de pobres infelices, y la primavera bajaba sobre aquellos pobres desdichados, quienes se sostenían con esfuerzo, como el polen sobre las flores.

En verano caminaban bajo la sombra ancha que bajaba de las hojas amplias y palmadas de los plátanos… El otoño arrojaba, a sus pasos, las hojas y alguno a veces resbalaba sobre esas hojas rojizas. Durante el invierno las ramas escuálidas parecían llorar sobre aquella columna de infelices.

Cada vez que me llevaban a pasear, yo quería, en mi corazón, verlos a ellos. La gente los miraba: los transeúntes se detenían sorprendidos; y luego meneaban la cabeza y seguían y seguían murmurando: -¡son los del Cottolengo… cosa de Cottolengo!...

Yo los miraba, deseaba encontrarlo, los sentía hermanos, los amaba. No conocía su patria de origen, ni sabía cómo se llamaban. No tenía importancia para mí… salían de una gran casa: pero el Cottolengo quiso llamarla ‘Pequeña Casa’, porque la Casa de la Divina Providencia es el universo...la última vez que fui a la ‘Pequeña Casa’, había trece mil hospedados: una verdadera ciudad de dolor… o es casa del misterio o es el milagro continuado de la Divina Providencia; una casa que vive sin bienes propios, sin renta fija alguna.

Se podía pensar que eran personas tristes, encerradas; por lo contrario, sonreían; y cuando los veía o encontraba llevaban un rayo de serenidad en la frente, como aquellos rayos de sol que, anhelados con ansia especialmente en los días de neblina, llegan a restaurarnos después de los rigores del invierno.

Cuando regresaban a su casa, atravesaban un atrio donde esta puesta una estatua del santo sacerdote, en el acto de bendecir a la extrema vejez y a la infancia abandonada, mientras levanta un dedo al cielo hacia la Divina Providencia.

La casa es el milagro permanente de la Divina Providencia. ¡Contra el positivismo y el materialismo está el Cottolengo! Allí hay muchos y muchas más de lo que yo encontraba en el paseo; la mayoría no puede salir; están siempre en la cama y viven postrados en camillas, carritos, cochecitos.

Si entran en aquellas largas crujías –son muchas y los pobres están divididos en familias- hay lisiados, crónicos, ciegos, viejos, jóvenes, mutilados, paralíticos: todos los miran con una sonrisa, todos los miran con alegría serena en los labios… “¡Es un milagro” y el mundo los rechaza como desechos, escombros de la sociedad!

Las madres de muchos de ellos, enseguida después del desgarro de la maternidad, han apretado al seno sus recién nacidos: después quisieron ver uno a uno si sus miembros eran perfectos, y vieron, en el lugar de los brazos y manitas, los muñones… Pensaban dar una flor al jardín del mundo, y vieron un cuerpecito desfigurado, y llorando un llanto sin consuelo…

Pero en el evangelio está escrito: -¡Dichosos los que lloran, porque serán consolados! Y aquellos desdichados que no tuvieron el don del llanto, tuvieron el llanto de sus madres, que muchas veces fallecieron acongojadas diciendo: -¿a quién dejare mi desdichado, este mi pobre hijo? Esta el Cottolengo. ¡He aquí que es el Cottolengo!

¡Dichosos los que lloran… Pasa la figura de este mundo: ‘cosa linda y mortal pasa y no dura’, reza un poeta nuestro! Pero hay algo que permanece en los siglos, algo inmortal. Pasan los gozos, pasan las fiestas, pasan también los dolores, y aquellos pobres infelices se despiertan un día como de un sueño penoso; y, con su gran maravilla se encontraron de pie, firmes en sus piernas; la pierna derecha no estaba y estará en su lugar; no había una mano, y estará en su lugar; los ojos que estaban en las tinieblas verán la luz; y se alegrarán en el regocijo de todos sus miembros perfectos. Volverán a usar las facultades mentales y se sentirán almas inmortales, redimidas y libres. Vestirán el blanco hábito del bautismo…

Y cuando Cristo Señor dirá que deberán separarse los buenos de los malos, aquellos desdichados, que fueron despreciados, sentirán que su lugar es a la derecha. Cuando Jesús diga: -¡Vengan, benditos, a recibir el premio preparado para vosotros desde la constitución del mundo!, he allí, sentirán que son ‘bendecidos’.

¡El mundo los había considerado, no digo maldecido, pero casi no dignos de pertenecer al consorcio humano! Y escucharan a Jesús decir: -tenía hambre, y me dieron de comer; tenía sed, y me dieron de beber; estaba desnudo, y me vistieron; era peregrino, enfermo, preso, y fueron a visitarme.

Ellos, los del Cottolengo, miraban alrededor. Pero cuando Cristo Señor diga: -vengan, benditos, a recibir el premio-, los elegidos, los bienhechores de los pobres, los que practicaron la caridad, los que tuvieron entrañas de misericordia hacia los desdichados, contestaran: -¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer?, ¿sediento, y te dimos de beber?, ¿huérfano, enfermo, y te consolamos?-, los del Cottolengo callaran. Pero cuando Jesús dirá: -todo lo que hicieron a estos pobres, me lo hicisteis a mi-; entonces los repudiados por el mundo, los desechos, los escombros, se regocijarán con una alegría muy grande, porque comprenderán que fueron asemejados a Jesucristo.

Buscaran entonces entre el resplandor de los santos a una figura de sacerdote, un pobre cura, el ‘ángel’, el ‘canónigo bueno’, un sacerdote que rezaba el oficio y se conmovía a la palabra ‘caridad’:

Todas las palabras y las oraciones que decía se resumían en una única expresión: ‘caridad’; todos sus pasos eran sobre un único sendero, el sendero de la caridad; todas sus acciones, ¡eran un canto a la caridad!...

¡Oh! ¡Entonces todos los que fueron disminuidos, sufrieron retraso, cantaran el cantico de la caridad, el cantico más lindo que los hombres puedan cantar en la tierra, y que los Ángeles cantan al cielo!...

“Entonces, cuando estaba en el oratorio de Don Bosco, recuerdo que nos llevaban a pasear, allá alrededor del Cottolengo de Turín. Y pasando por allá se veían aquellos pobres enfermos y epilépticos. Y yo me sentía atraído por aquellos pobrecitos, los miraba con compasión, y sentía gran deseo de ir al encuentro de ellos para aliviar sus sufrimientos. Experimentaba como una gran alegría en verlos, y aquella era la diversión más grande de mi paseo…”.

Desde Victoria (Buenos Aires), en el mes de marzo de 1935, Don Orione escribía a un excelentísimo Obispo:

“…Ya desde cuando hacia el secundario en Turín, cada vez que pasaba delante de la pequeña casa de la Divina Providencia, fundada por San José Benito Cottolengo, experimentaba una especial atracción hacia aquella obra de fe y de caridad, y el vivo deseo de hacer algo, con la ayuda divina, para nuestros hermanos más pobres y más abandonados” (Scr. 67 – 300).

Informe: P. Facundo Mela (loqueyorecibi.blogspot.com.ar

viernes, 1 de mayo de 2026

UN GRAN NUMERO DE ALMAS SE LEVANTARÁ Y DARA ESPLENDOR A LA IGLESIA DE CRISTO

Roma, 2 de mayo de 1920 (por la mañana). Querido Don Pensa:

Te agradezco la caridad que tuviste conmigo durante los días que pasé en Venecia e igualmente agradezco a Don Gaetano y a todos los de ambos Institutos. Que el Señor me tenga siempre fuerte entre nosotros el vínculo de su caridad.

Santa Catalina de Siena, cuya fiesta celebramos anteayer, dejó escrita esta sublime y profunda expresión: “Con caridad fraterna, vivid caritativamente” (Cartas, CCIII); me parece que quiso decir que la caridad de los actos exteriores e interiores y de las acogidas fraternales en Jesucristo debe ser tal que forme la Caridad de la vida.

Vivimos en un siglo que está lleno de hielo y de muerte en la vida del espíritu; totalmente encerrado en sí mismo, no ve más que placeres, vanidad y pasiones, nada más que la vida de esta tierra. ¿Quién dará vida a esta generación muerta a la vida de Dios, si no el soplo de la caridad de Jesucristo? La faz de la tierra se renueva al calor de la caridad.

 La caridad divina todo lo vence “y aumenta las fuerzas del alma”, dice la Imitación de Cristo, es decir, las virtudes, porque la caridad es la madre de todas y vivifica toda obra buena, que es según el Corazón de Dios, y nos sostiene en el trabajo y en nuestras fatigas por las almas. Te ruego que leas esta carta a los clérigos de uno y otro Instituto, para su confortación y estímulo y para que cultiven en ellos y tengan por sobre todo sus pensamientos y deseos el de la adquisición de la Caridad del Señor siempre mayor. No les calles nada de esta carta.

Santa Catalina de Siena, en uno de sus himnos a la Caridad, dice estas palabras llenas de luz de Dios: “Oh Caridad llena de gozo, tú eres la Madre que alimentas a los hijos de las virtudes con tu pecho. Eres rica sobre toda riqueza, tanto que el alma que se viste de ti no puede ser pobre. Tú le das tu belleza”. “Los dones de la naturaleza –dice el Santo Abad de Vercelli, Juan Gersenio, en el Cap. 45º del libro III de la Imitación de Cristo– son comunes a los buenos y a los malos; pero don propio de los elegidos es la gracia, es decir la Caridad”. Y más adelante dice: “Tan gran cosa es esta gracia, que ni el don de profecía, ni el hacer milagros, ni la más sublime contemplación vale nada sin ella. Y ni tampoco la fe, la esperanza ni las otras virtudes son aceptadas a Dios si no están acompañadas por la Caridad”.

 Ni las virtudes ni las obras valen sin la caridad y la gracia: la gracia es el don de los dones; la caridad es la reina de las virtudes. Por eso no descansemos hasta que no nos sea dado tener en nosotros y ver florecer en nuestros hermanos y en nuestras Casas la santa Caridad fraterna que, al decir de San Pablo, “es vínculo de perfección”. Si poseemos esta verdadera y perfecta Caridad del Señor, no nos buscaremos a nosotros mismos, sino que desearemos solamente todo lo que es para la gloria de Dios y de su Iglesia y que todo se haga no para nuestra gloria, sino para la mayor gloria del Señor.

Pidamos a la Ssma. Virgen que es Madre del celestial y divino Amor, que ponga en nuestra alma una gran llama de amor a Dios, de verdadera Caridad del Señor….