SABÍAS ?

MOVIMIENTO LAICAL ORIONITA BARRANQUERAS

SABES LO QUE SIGNIFICA MLO? SIGNIFICA MOVIMIENTO LAICAL ORIONITA

¿ Y SU ORIGEN? :

El MLO tiene su origen en Don Orione el cual durante toda su vida, ha comprometido a los laicos en su espíritu y misión para "sembrar y arar a Cristo en la sociedad".

¿Quiénes integran el movimiento?
Todos aquellos laicos que enraizados en el Evangelio, desean vivir y transmitir el carisma de Don Orione en el mundo...

¿Cuál es el fìn del MLO?

Es favorecer la irradiación espiritual de la Familia orionita, más allá de las fronteras visibles de la Pequeña Obra.
¿Cómo lograr esto?

A través del acompañamiento, animación y formación en el carisma de sus miembros,respetando la historia y las formas de participaciòn de cada uno.

¿Te das cuenta? Si amás a Don Orione, si comulgás con su carisma, si te mueve a querer un mundo mejor, si ves en cada ser humano a Jesús, si ves esa humanidad dolorida y desamparada en tus ambientes, SOS UN LAICO ORIONITA.

¿SABÍAS?
El camino y las estructuras del MLO, se fueron consolidando en las naciones de presencia orionita. Al interno del MLO y con el estímulo de los Superiores Generales , se juzgó maduro y conveniente el reconocimiento canónico del MLO ... así fue solicitado como Asociación Pública de Fieles Laicos, ante la Congregación para la vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (CIVCVSA) y fue aprobado el 20 de noviembre de 2012.

Y BARRANQUERAS, SABÉS DONDE QUEDA? en el continente americano, en América del Sur, en ARGENTINA, y es parte de la Provincia del CHACO.

Algunas de las imágenes que acompañan las diferentes entradas de este Blog pueden provenir de fuentes anónimas de la red y se desconoce su autoría. Si alguna de ellas tiene derechos reservados, o Ud. es el titular y quiere ser reconocido, o desea que sea quitada, contacte conmigo. Muchas gracias


sábado, 2 de mayo de 2026

3 MAYO 1786, NACE JOSE BENITO COTTOLENGO, SU INFLUENCIA EN DON ORIONE

 



San José Benito Cottolengo nace en Bra, Cúneo, Piamonte, Italia el 3 de mayo de 1786. Hijo de Agostino Cottolengo y Benedetta Chiarotti, es el fundador de la Piccola Casa della Divina Provvidenza, centro de acogida para personas con discapacidad mental y/o física. Wikipedia

Nacimiento: 3 de mayo de 1786, Bra, Italia

Fallecimiento: 30 de abril de 1842, Chieri, Italia

Educación: Università degli Studi di Torino (1814–1816)

Libros: Detti e pensieri

Hermanos: Agostino Cottolengo

Padres: Giuseppe Antonio Cottolengo, Benedetta Chiarotti

Organizaciones fundadas: Société des prêtres de Saint Joseph Benoît Cottolengo, Frères de saint-Joseph-Benoît Cottolengo

 

SAN JOSE B COTTOLENGO SU INFLUENCIA EN LA VIDA DE D ORIONE

¿Influyo la cercanía de la “Pequeña casa de la Divina Providencia” (es decir el Cottolengo de Turín) en la espiritualidad del joven Luis Orione?

La figura de San José Benito Cottolengo influyo muchísimo en el joven Luis Orione. Si bien, Don Orione no conoció a este gran santo, conoció su obra y en honor a él llamo a sus casas para gente con discapacidad "Cottolengos".

Sabemos que los “Pequeños Cottolengos” constituyen un capitulo fundamental para la historia de la multiforme actividad caritativa de Don Orione, a pesar de ser el epilogo de lo que inicio en 1893 para los niños pobres.

La compasión hacia los enfermos y a los que sufren, encendida en el joven Orione por el canónigo Cattáneo, se inflamó entonces más que nunca encontrando las filas de pobres y desdichados hospedados en la pequeña casa de la Divina Providencia, como el mismo nos cuenta:

“Recuerdo mis años juveniles, cuando estudiaba en Turín, en la casa de Don Bosco. Un día nos llevaron a pasear. Vivía aún Don Bosco; eran los años en los cuales el gran Santo murió.

Nos concedían un paseo semanal, el jueves, a lo largo de la avenida reina margarita, que entonces estaba al margen de la ciudad y separaba Turín de la región que se llamaba Valdocco, donde están los monumentos de la caridad: los edificios del Cottolengo, de Don Bosco y de la Marquesa de Barolo.

Íbamos a lo largo de la avenida, cuando encontramos una larga fila de personas (una muchedumbre) que nunca acababa, y parecía interminable. Iban formados de a cuatro y se tomaban de a dos las manos. Iban como en cadena: y algunos desbordaban por aquí, y otros por allá. Eran lisiados, ciegos, rengos, jóvenes y viejos. Quien los guiaba era uno de ellos, un poco… mejor, pero que estaba de pie con dificultad y desbandaba mucho también él…

El sol los bañaba. Aquellos arboles veían pasar aquella columna –llamémoslo así- de pobres infelices, y la primavera bajaba sobre aquellos pobres desdichados, quienes se sostenían con esfuerzo, como el polen sobre las flores.

En verano caminaban bajo la sombra ancha que bajaba de las hojas amplias y palmadas de los plátanos… El otoño arrojaba, a sus pasos, las hojas y alguno a veces resbalaba sobre esas hojas rojizas. Durante el invierno las ramas escuálidas parecían llorar sobre aquella columna de infelices.

Cada vez que me llevaban a pasear, yo quería, en mi corazón, verlos a ellos. La gente los miraba: los transeúntes se detenían sorprendidos; y luego meneaban la cabeza y seguían y seguían murmurando: -¡son los del Cottolengo… cosa de Cottolengo!...

Yo los miraba, deseaba encontrarlo, los sentía hermanos, los amaba. No conocía su patria de origen, ni sabía cómo se llamaban. No tenía importancia para mí… salían de una gran casa: pero el Cottolengo quiso llamarla ‘Pequeña Casa’, porque la Casa de la Divina Providencia es el universo...la última vez que fui a la ‘Pequeña Casa’, había trece mil hospedados: una verdadera ciudad de dolor… o es casa del misterio o es el milagro continuado de la Divina Providencia; una casa que vive sin bienes propios, sin renta fija alguna.

Se podía pensar que eran personas tristes, encerradas; por lo contrario, sonreían; y cuando los veía o encontraba llevaban un rayo de serenidad en la frente, como aquellos rayos de sol que, anhelados con ansia especialmente en los días de neblina, llegan a restaurarnos después de los rigores del invierno.

Cuando regresaban a su casa, atravesaban un atrio donde esta puesta una estatua del santo sacerdote, en el acto de bendecir a la extrema vejez y a la infancia abandonada, mientras levanta un dedo al cielo hacia la Divina Providencia.

La casa es el milagro permanente de la Divina Providencia. ¡Contra el positivismo y el materialismo está el Cottolengo! Allí hay muchos y muchas más de lo que yo encontraba en el paseo; la mayoría no puede salir; están siempre en la cama y viven postrados en camillas, carritos, cochecitos.

Si entran en aquellas largas crujías –son muchas y los pobres están divididos en familias- hay lisiados, crónicos, ciegos, viejos, jóvenes, mutilados, paralíticos: todos los miran con una sonrisa, todos los miran con alegría serena en los labios… “¡Es un milagro” y el mundo los rechaza como desechos, escombros de la sociedad!

Las madres de muchos de ellos, enseguida después del desgarro de la maternidad, han apretado al seno sus recién nacidos: después quisieron ver uno a uno si sus miembros eran perfectos, y vieron, en el lugar de los brazos y manitas, los muñones… Pensaban dar una flor al jardín del mundo, y vieron un cuerpecito desfigurado, y llorando un llanto sin consuelo…

Pero en el evangelio está escrito: -¡Dichosos los que lloran, porque serán consolados! Y aquellos desdichados que no tuvieron el don del llanto, tuvieron el llanto de sus madres, que muchas veces fallecieron acongojadas diciendo: -¿a quién dejare mi desdichado, este mi pobre hijo? Esta el Cottolengo. ¡He aquí que es el Cottolengo!

¡Dichosos los que lloran… Pasa la figura de este mundo: ‘cosa linda y mortal pasa y no dura’, reza un poeta nuestro! Pero hay algo que permanece en los siglos, algo inmortal. Pasan los gozos, pasan las fiestas, pasan también los dolores, y aquellos pobres infelices se despiertan un día como de un sueño penoso; y, con su gran maravilla se encontraron de pie, firmes en sus piernas; la pierna derecha no estaba y estará en su lugar; no había una mano, y estará en su lugar; los ojos que estaban en las tinieblas verán la luz; y se alegrarán en el regocijo de todos sus miembros perfectos. Volverán a usar las facultades mentales y se sentirán almas inmortales, redimidas y libres. Vestirán el blanco hábito del bautismo…

Y cuando Cristo Señor dirá que deberán separarse los buenos de los malos, aquellos desdichados, que fueron despreciados, sentirán que su lugar es a la derecha. Cuando Jesús diga: -¡Vengan, benditos, a recibir el premio preparado para vosotros desde la constitución del mundo!, he allí, sentirán que son ‘bendecidos’.

¡El mundo los había considerado, no digo maldecido, pero casi no dignos de pertenecer al consorcio humano! Y escucharan a Jesús decir: -tenía hambre, y me dieron de comer; tenía sed, y me dieron de beber; estaba desnudo, y me vistieron; era peregrino, enfermo, preso, y fueron a visitarme.

Ellos, los del Cottolengo, miraban alrededor. Pero cuando Cristo Señor diga: -vengan, benditos, a recibir el premio-, los elegidos, los bienhechores de los pobres, los que practicaron la caridad, los que tuvieron entrañas de misericordia hacia los desdichados, contestaran: -¿Cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer?, ¿sediento, y te dimos de beber?, ¿huérfano, enfermo, y te consolamos?-, los del Cottolengo callaran. Pero cuando Jesús dirá: -todo lo que hicieron a estos pobres, me lo hicisteis a mi-; entonces los repudiados por el mundo, los desechos, los escombros, se regocijarán con una alegría muy grande, porque comprenderán que fueron asemejados a Jesucristo.

Buscaran entonces entre el resplandor de los santos a una figura de sacerdote, un pobre cura, el ‘ángel’, el ‘canónigo bueno’, un sacerdote que rezaba el oficio y se conmovía a la palabra ‘caridad’:

Todas las palabras y las oraciones que decía se resumían en una única expresión: ‘caridad’; todos sus pasos eran sobre un único sendero, el sendero de la caridad; todas sus acciones, ¡eran un canto a la caridad!...

¡Oh! ¡Entonces todos los que fueron disminuidos, sufrieron retraso, cantaran el cantico de la caridad, el cantico más lindo que los hombres puedan cantar en la tierra, y que los Ángeles cantan al cielo!...

“Entonces, cuando estaba en el oratorio de Don Bosco, recuerdo que nos llevaban a pasear, allá alrededor del Cottolengo de Turín. Y pasando por allá se veían aquellos pobres enfermos y epilépticos. Y yo me sentía atraído por aquellos pobrecitos, los miraba con compasión, y sentía gran deseo de ir al encuentro de ellos para aliviar sus sufrimientos. Experimentaba como una gran alegría en verlos, y aquella era la diversión más grande de mi paseo…”.

Desde Victoria (Buenos Aires), en el mes de marzo de 1935, Don Orione escribía a un excelentísimo Obispo:

“…Ya desde cuando hacia el secundario en Turín, cada vez que pasaba delante de la pequeña casa de la Divina Providencia, fundada por San José Benito Cottolengo, experimentaba una especial atracción hacia aquella obra de fe y de caridad, y el vivo deseo de hacer algo, con la ayuda divina, para nuestros hermanos más pobres y más abandonados” (Scr. 67 – 300).

Informe: P. Facundo Mela (loqueyorecibi.blogspot.com.ar

viernes, 1 de mayo de 2026

UN GRAN NUMERO DE ALMAS SE LEVANTARÁ Y DARA ESPLENDOR A LA IGLESIA DE CRISTO

Roma, 2 de mayo de 1920 (por la mañana). Querido Don Pensa:

Te agradezco la caridad que tuviste conmigo durante los días que pasé en Venecia e igualmente agradezco a Don Gaetano y a todos los de ambos Institutos. Que el Señor me tenga siempre fuerte entre nosotros el vínculo de su caridad.

Santa Catalina de Siena, cuya fiesta celebramos anteayer, dejó escrita esta sublime y profunda expresión: “Con caridad fraterna, vivid caritativamente” (Cartas, CCIII); me parece que quiso decir que la caridad de los actos exteriores e interiores y de las acogidas fraternales en Jesucristo debe ser tal que forme la Caridad de la vida.

Vivimos en un siglo que está lleno de hielo y de muerte en la vida del espíritu; totalmente encerrado en sí mismo, no ve más que placeres, vanidad y pasiones, nada más que la vida de esta tierra. ¿Quién dará vida a esta generación muerta a la vida de Dios, si no el soplo de la caridad de Jesucristo? La faz de la tierra se renueva al calor de la caridad.

 La caridad divina todo lo vence “y aumenta las fuerzas del alma”, dice la Imitación de Cristo, es decir, las virtudes, porque la caridad es la madre de todas y vivifica toda obra buena, que es según el Corazón de Dios, y nos sostiene en el trabajo y en nuestras fatigas por las almas. Te ruego que leas esta carta a los clérigos de uno y otro Instituto, para su confortación y estímulo y para que cultiven en ellos y tengan por sobre todo sus pensamientos y deseos el de la adquisición de la Caridad del Señor siempre mayor. No les calles nada de esta carta.

Santa Catalina de Siena, en uno de sus himnos a la Caridad, dice estas palabras llenas de luz de Dios: “Oh Caridad llena de gozo, tú eres la Madre que alimentas a los hijos de las virtudes con tu pecho. Eres rica sobre toda riqueza, tanto que el alma que se viste de ti no puede ser pobre. Tú le das tu belleza”. “Los dones de la naturaleza –dice el Santo Abad de Vercelli, Juan Gersenio, en el Cap. 45º del libro III de la Imitación de Cristo– son comunes a los buenos y a los malos; pero don propio de los elegidos es la gracia, es decir la Caridad”. Y más adelante dice: “Tan gran cosa es esta gracia, que ni el don de profecía, ni el hacer milagros, ni la más sublime contemplación vale nada sin ella. Y ni tampoco la fe, la esperanza ni las otras virtudes son aceptadas a Dios si no están acompañadas por la Caridad”.

 Ni las virtudes ni las obras valen sin la caridad y la gracia: la gracia es el don de los dones; la caridad es la reina de las virtudes. Por eso no descansemos hasta que no nos sea dado tener en nosotros y ver florecer en nuestros hermanos y en nuestras Casas la santa Caridad fraterna que, al decir de San Pablo, “es vínculo de perfección”. Si poseemos esta verdadera y perfecta Caridad del Señor, no nos buscaremos a nosotros mismos, sino que desearemos solamente todo lo que es para la gloria de Dios y de su Iglesia y que todo se haga no para nuestra gloria, sino para la mayor gloria del Señor.

Pidamos a la Ssma. Virgen que es Madre del celestial y divino Amor, que ponga en nuestra alma una gran llama de amor a Dios, de verdadera Caridad del Señor….

 

VOCACIONES




Querido Don Pensa:

Te agradezco la caridad que tuviste conmigo durante los días que pasé en Venecia … Lo que más me ha consolado es haber encontrado la caridad viva entre vosotros, y lo que más me ha disgustado en los clérigos más pequeños y especialmente en el que llevé conmigo, fue no haber encontrado en ellos suficiente espíritu de Dios y humilde caridad fraterna, mientras lo vi muy vivo en los clérigos mayores, en los cuales, a pesar de estar sobrecargados de trabajo, noté el espíritu de alegría en el trabajo y de sacrificio, ese espíritu bueno, sereno, contento, que es propio de la verdadera caridad. … 

La Caridad “no busca sus intereses, sino los de Jesucristo”, escribía el Apóstol a los corintios; y la Imitación de Cristo, con palabras no menos vivas, dice que quien tiene Caridad “en nada se busca a sí mismo” (Lib. I, cap. XV).

Y Santa Catalina de Siena: “El que arde y está consumado por esta Caridad no se ve a sí mismo”. No ama su propio bienestar ni quiere gozar de sí y en sí, como hace el egoísta, que no se ve más que a sí mismo, su comodidad y su porvenir; quien tiene Caridad, en cambio, desea vivir para los demás y consumarse por los demás en el amor dulcísimo de Jesús Crucificado, y no desea más que hacer a todos felices en Dios. “O qui scintillam haberet verae Charitatis, profecto omnia terrena sentiret plena fore vanitatis!”.   

Pidamos a la Ssma. Virgen que es Madre del celestial y divino Amor, que ponga en nuestra alma una gran llama de amor a Dios, de verdadera Caridad del Señor, que nos una inseparablemente entre nosotros, en la vida y en la muerte, en el divino servicio a la Iglesia y a las almas; que nos una entre nosotros y con todos los demás también cuando se trate de sufrir los defectos de nuestros hermanos y del prójimo, con firme y continuo ejercicio de paciencia.

 Caridad también con nosotros mismos –que no es tolerancia o debilidad frente al mal, o culpable condescendencia en nosotros de lo que no es virtud, sino tal vez indolencia y tibieza en la vida religiosa–; caridad con nosotros mismos en la soportación del disgusto de nuestros propios defectos. 

 Vivimos en un siglo que está lleno de hielo y de muerte en la vida del espíritu; totalmente encerrado en sí mismo, no ve más que placeres, vanidad y pasiones, nada más que la vida de esta tierra. ¿Quién dará vida a esta generación muerta a la vida de Dios, si no el soplo de la caridad de Jesucristo? La faz de la tierra se renueva al calor de la caridad.

Tendremos una gran renovación católica si tenemos una gran caridad. Pero debemos comenzar a ejercitarla hoy entre nosotros, a cultivarla en el seno de nuestros Institutos, que deben ser verdaderos cenáculos de caridad. No se da lo que no se tiene: no daremos a las almas llamas de vida, fuego y luz de Caridad, si antes no estamos encendidos, muy encendidos, nosotros.

La Caridad debe ser nuestro impulso y nuestro ardor, nuestra vida; somos los garibaldinos de la caridad de Jesucristo. Nada me disgusta tanto como emplear esa palabra para algo tan santo, tan puro, tan divino; pero lo hago para expresarme mejor.

No se puede servir a la causa de Dios y de su Iglesia más que con una gran Caridad de vida y de obras. No penetraremos en las conciencias, no convertiremos a la juventud, no atraeremos los pueblos a la Iglesia sin una gran caridad y sin un verdadero sacrificio de nosotros mismos, en la Caridad de Cristo. Hay en la sociedad una corrupción espantosa, una ignorancia de Dios espantosa, un materialismo y un odio espantosos: sólo la Caridad podrá conducir los corazones y los pueblos a Dios y salvarlos.

Pero nada sirve, o poco sirve, si no nos adueñamos de la juventud, de las escuelas y de la prensa. Tenemos que prepararnos con gran amor a Dios y llenarnos el corazón y las venas de la Caridad de Jesucristo, porque de otra manera no haremos nada; en cambio abriremos un surco profundo si tenemos una profunda caridad. ¿Qué hubiera hecho San Pablo sin la Caridad? ¿Qué hubiera hecho San Vicente de Paúl sin la Caridad? ¿Qué hubiera hecho San Francisco Javier, Cottolengo, Don Bosco? Nada. Nada. Nada si la Caridad.

Sin la Caridad no tendríamos ni a los apóstoles, ni a los mártires, ni a los confesores, ni a los santos. Sin la Caridad no tendríamos el sacerdocio, que es misión y al mismo tiempo fruto y flor de divina Caridad. El espíritu de Dios, que es espíritu de celestial Caridad, debe llevarnos a cuidar en los jóvenes las santas vocaciones religiosas y los futuros sacerdotes, porque muchas escuelas, muchas renovaciones en las almas, en los pueblos y en las obras no florecen sino por el sacerdocio y por la vida religiosa. ¿Qué haremos nosotros, que nos estamos volviendo viejos y ya estamos gastados, si no tenemos continuadores?

Pienso en esto día y noche y no lloro tanto por las miserias humanas cuanto por ver la crisis que hay en la Iglesia en materia de vocaciones. San Vicente de Paúl se vendió para rescatar un esclavo y nosotros, ¿seremos indiferentes y fríos en el trabajo por dar a la Iglesia y a las almas buenos sacerdotes que continúen el apostolado de Jesucristo? ¿Por darle hijos santos que continúen las obras comenzadas por nosotros con la ayuda de Dios, y luchadores de la Fe en la caridad al servicio de la Iglesia y de las almas?

Ejerzamos gran parte de la caridad en el cultivo de las vocaciones. Roguemos para que Dios nos mande vocaciones y para que suscite Samueles para el santuario. Las vocaciones se cultivan con la piedad, con la oración, con el buen ejemplo, con los santos sacramentos, con la integridad de vida, con la integridad de vida, con la institución de pías Congregaciones, con la devoción a la Virgen Santísima.

Pero deberéis ir con mucho tacto, con mucha delicadeza, con mucha prudencia, aun en el hablar; ante todo debemos renovar y transformar en la caridad el corazón de nuestros jóvenes, renovarlos y transformarlos en Jesucristo, y debemos arder nosotros de la caridad de Jesús si queremos que después ardan ellos. Todo se reavivará si llevamos ardiendo en las manos y alta, bien alta en el corazón la lámpara de la Caridad de Jesucristo.

Si trabajamos y rezamos así, a nuestro alrededor se levantarán muchas almas para dar un fecundo y maravillosos  esplendor a la Iglesia de Jesucristo.

Yo os suplico, queridos hijos míos, que no faltemos a lo que Dios quiere de mí y de vosotros respecto a la atención de las vocaciones, como también a la de los clérigos y los aspirantes, para nuestra santificación y para la salvación de muchas almas y de muchas multitudes de almas.

El Señor no nos mirará según nuestras miserias y nuestros pecados, sino según la grandeza de su bondad y la multitud de sus misericordias, y escuchará nuestra oración de pobres siervos se tenemos su Caridad y vivimos de ella. Y con su gracia nos guiará por el camino de la paz y de nuestro sacrificio a los pies de la Santa Iglesia de Roma, que es Madre nuestra y Madre de los vivientes; y el Señor bendecirá y santificará nuestros pasos y los pasos de nuestra Congregación, y la llevará con la bendición celestial a extender el reino de Dios; y los mismos confines de la tierra serán nuestra habitación si somos humildes y fieles hijos de la Iglesia de Roma y vivimos de la Caridad sin límites de Jesucristo, buscando sólo a Jesucristo y su reino; ¡las almas, las almas, y las almas!

La Caridad, ese amor grande, dulcísimo y fortísimo a la par, a Dios, a su Iglesia y a las almas, hará vivir y prosperar a la Congregación. Dios estará con ella si en ella está el espíritu de Dios, que es la Caridad.

La Congregación y cada uno de nosotros no debe vivir para sí, sino por la Caridad y por la Iglesia de Roma, que es el Cuerpo místico del Señor y la Madre de las almas y de los santos. No debemos vivir cada uno para sí, sino cada uno para todos los hermanos, en la Caridad del Señor. Nos hemos unido en Cristo para vivir cada uno para todos y no para sí. No vivimos más que por la Caridad y por la Iglesia; sólo así se es verdadero Hijo de la Divina Providencia y Dios vivirá en nosotros si nosotros vivimos en El y de El, por la Caridad y la unión a la Iglesia.

Esta mañana quería escribir a los cuatro nuevos subdiáconos, por los cuales recé en la Misa que celebré a las 6; y ahora escribo mientras ellos estarán recibiendo la ordenación. Pero en vez de dirigirme sólo a ellos he pensado escribir a todos y para todos, aunque mi intención es enviaros la presente en señal de unión espiritual en la Caridad y de gozo por vuestra ordenación, queridos subdiáconos, queridos hermanos nuestros, tanto más que ésta es la ordenación más numerosa de subdiáconos desde que nos unimos en la Congregación, por la Caridad del Señor.

Pero no quiero terminar sin dirigirme a ellos, recomendando a los cuatro subdiáconos que atesoren los dones de Dios. El Señor, queridos hijos míos, sea vuestra esperanza y vuestra confianza: El es nuestro Consolador y la llama inextinguible de nuestra Caridad. Poned en El toda vuestra esperanza y vuestro corazón, por las manos de la Ssma. Virgen, en cuyo mes bendito habéis entrado en el vestíbulo sagrado de la Iglesia. En la Imitación de Cristo (Lib. III, cap. LIX), hay una oración de maravillosa dulzura; digámosla juntos en espíritu y después aprendedla y repetidla, para confortación vuestra durante vuestra vida: “En Ti, Señor Dios mío, pongo toda mi esperanza y el refugio de mi llama y de mi vida; en Ti, Señor Dios mío, pongo todas mis tribulaciones y angustias, porque encuentro enfermo e inestable todo lo que veo fuera de Ti”.

Reconfortaos y sed fuertes en la Caridad. ¡Reconfortaos, hijos míos! “Hay una alegría, dice San Agustín (X, 22), que no se concede a quien vive de tierra, sino a los que aman y sirven al Señor y a la Iglesia con amor desinteresado; y esta alegría eres Tú, Señor Dios nuestro. Aquí está la vida dichosa: en gozar de Ti, en Ti, por Ti”.

Queridos hijos míos, vivamos de la Caridad y en Caridad y viviremos de Dios, por Dios y en Dios eternamente. Os bendigo a todos y a todos os digo: siempre adelante, con gran Caridad, amando a Cristo y a la Iglesia et pro amore Dei.

Vuestro afmo. en Jesucristo

Sac. Luis Orione  

d. D. P.

 extracto de la carta del 2 de mayo de 1920.  Cartas de Don Orione Vol I