Las virtudes cristianas son despreciadas.
Queridos hijos, honradlas en vosotros. Colocad a Jesucristo en medio de
vuestras almas como en un trono. Queridos hijos, ¿queréis seguirme? Hoy
comienzo. ¡Viva Jesucristo! ¡La caridad de Jesucristo dominará al mundo!...
Tened fe y coraje...; fe en la ayuda que
os dará el Señor y esperanza fuerte en Dios; coraje grande para reformaros a
vosotros mismos y para formaros totalmente en Dios, ya que lo demás no
significa nada..." (Carta del 14.3.1897).
El 21 de marzo 1915 escribía a su hermano
Benedicto, único que le quedaba: "¡Querido Benedicto! Reza cada vez que
pienses en mí. sabes que entregué mi vida a Jesucristo y a la Santa Iglesia y a
los huérfanos: así debe consumirse. Hace algunos días creí morir bajo la lluvia
y la nieve, durmiendo en el suelo y empapado de la cabeza a los pies, sin nada
para cambiarme ni para sostenerme. Una noche llegué a Tagliacozzo, al Comité de
Socorro de la Juventud Católica y me quité un diario empapado que me había
puesto en el sombrero, para resguardar mi cabeza.
El mismo P. Juan Valente -
ahora arcipreste aquí - me decía que después de ocho días encontró el diario y
quiso utilizarlo para encender el fuego, pero no pudo porque el papel estaba
todavía mojado. El Señor permanecía conmigo y yo lo sentía en su gracia... Aquí
todos me quieren. Pero entregué mi vida al Señor y a mi prójimo y me hubiera
sentido muy contento de que me llevaran a Tortona, muerto de trabajo por la fe
y por hacer el bien entre los huérfanos...".
Estando en la Argentina con motivo del 32
Congreso Eucarístico Internacional, “Estoy en las manos de Dios. No podría
estar en manos más Seguras”
Alguna vez Don Orione había confesado que,
estando en la Argentina, “a veces había encomendado mi alma a Dios por unas
molestias cardíacas que me hacían revolver en la cama por horas y horas, sin
darme tregua. Pero bueno, hombre, que no somos más que muchachos de 62 años: y
si la hermana muerte llama a nuestras puertas, le abrimos y hacemos fiesta, que
ya hemos vivido bastante.”
La “hermana muerte” pareció llegar el 1º de
abril de 1939, mientras estaba iniciando una nueva escuela profesional, a pocos
kilómetros de Tortona, en Alessandria. Pero a la semana siguiente estaba otra
vez en pie, expresando con una sonrisa “He resucitado.
El 9 de febrero de 1940, su vida pendía otra
vez de un hilo: pidió la comunión y la unción de los enfermos, que entonces se
daba sólo a los moribundos. Pero también esa vez logró salir lentamente de la
crisis y todos suspiraban de alivio.
“Renuncio a la salud, a la
vida; pero hasta el último aliento quiero cumplir con mi deber” esto le dijo a
Don Sterpi, ante el pedido a que haga reposo.
También decía “Quiero morir en
el surco: con la mirada en el cielo y trabajando.”
"Agradezco vivamente al
Señor y le ruego me conceda no decaer ante sus misericordias y no ser indigno
de tantos testimonios de estima y de la expectación de los buenos; y que me dé
la gracia de comenzar, abandonado en los brazos de la Divina Providencia y de
mi Santa Virgen, una vida nueva, llena de amor a Dios y a las almas, amor
dulcísimo y holocausto lleno y perenne a la Iglesia, a los pequeños, a los
pobres".3
"Si yo supiera que, si
muero hoy, surgiría de mi tumba una vocación, pediría que me llamase: me
bastaría con tener otro sacerdote, más joven que yo y que continuase durante un
tiempo más el ministerio sacerdotal".4
"Bastaba hablar con él,
para que se transparentase una vida milagrosa. Por dentro, lo consumía un amor
que no debía darle descanso ni un segundo, aunque algunas veces le diera el
estremecimiento del éxtasis, la suprema elevación del puro espíritu, del todo
en Dios. Sus silencios, sus sueños, sus horas no conocidas por nadie, sus cara
a cara con Dios, nadie podrá describirlos jamás; ni ese enamoramiento que, como
decíamos, lo convertía en un hermano de Francisco de Asís, como él, llagado por
dentro y cantando, como él siempre alegre, siempre vivo, siempre desbordado de
amor como un arbusto, siempre arrollador con su amor como un viento, un fuego,
un torrente. Este pobre italiano, tosco, burdo, rústico, fue, en Italia, una de
las obras más ardorosas y esplendorosas del poder de Dios. Italia cuenta con
muchos enamorados de Dios, dolorosos y fuertes, amorosos hasta la locura y
castos, tempestuosos y serenos, a menudo poetas y siempre creadores: Don Luis
Orione es uno de ellos" <189>.5
Estos breves pasajes de
distintos momentos de su vida, en que estuvo frente a “la hermana muerte” o en
que tuvo que acompañar a familias, o personas solas, ante la pérdida de seres
queridos nos hacen ver su vida entregada a Dios en los hombres, por eso su
muerte fue un paso a la vida , a la vida de Dios, Don Orione comprendió el
martirio de Jesús” El, sufriendo la muerte por todos nosotros pecadores, nos
enseña con su ejemplo a llevar la cruz, que la carne y el mundo, echan sobre
los hombros de los que buscan la paz y la justicia” Concilio Vaticano II.
Don Orione lo comprendió
porque su Congregación nació a los pies de la Cruz.
DEO GRATIAS