Querido Don Pensa:
Te agradezco
la caridad que tuviste conmigo durante los días que pasé en Venecia … Lo que más me
ha consolado es haber encontrado la caridad viva entre vosotros, y lo que más
me ha disgustado en los clérigos más pequeños y especialmente en el que llevé
conmigo, fue no haber encontrado en ellos suficiente espíritu de Dios y humilde
caridad fraterna, mientras lo vi muy vivo en los clérigos mayores, en los cuales,
a pesar de estar sobrecargados de trabajo, noté el espíritu de alegría en el
trabajo y de sacrificio, ese espíritu bueno, sereno, contento, que es propio de
la verdadera caridad. …
La Caridad “no busca sus intereses, sino los de
Jesucristo”, escribía el Apóstol a los corintios; y la Imitación de Cristo, con
palabras no menos vivas, dice que quien tiene Caridad “en nada se busca a sí
mismo” (Lib. I, cap. XV).
Y Santa
Catalina de Siena: “El que arde y está consumado por esta Caridad no se ve a sí
mismo”. No ama su propio bienestar ni quiere gozar de sí y en sí, como hace el
egoísta, que no se ve más que a sí mismo, su comodidad y su porvenir; quien
tiene Caridad, en cambio, desea vivir para los demás y consumarse por los demás
en el amor dulcísimo de Jesús Crucificado, y no desea más que hacer a todos
felices en Dios. “O qui scintillam haberet verae Charitatis, profecto omnia
terrena sentiret plena fore vanitatis!”.
Pidamos a la
Ssma. Virgen que es Madre del celestial y divino Amor, que ponga en nuestra
alma una gran llama de amor a Dios, de verdadera Caridad del Señor, que nos una
inseparablemente entre nosotros, en la vida y en la muerte, en el divino
servicio a la Iglesia y a las almas; que nos una entre nosotros y con todos los
demás también cuando se trate de sufrir los defectos de nuestros hermanos y del
prójimo, con firme y continuo ejercicio de paciencia.
Caridad también con
nosotros mismos –que no es tolerancia o debilidad frente al mal, o culpable
condescendencia en nosotros de lo que no es virtud, sino tal vez indolencia y
tibieza en la vida religiosa–; caridad con nosotros mismos en la soportación
del disgusto de nuestros propios defectos.
Vivimos en un siglo que está lleno de
hielo y de muerte en la vida del espíritu; totalmente encerrado en sí mismo, no
ve más que placeres, vanidad y pasiones, nada más que la vida de esta tierra.
¿Quién dará vida a esta generación muerta a la vida de Dios, si no el soplo de
la caridad de Jesucristo? La faz de la tierra se renueva al calor de la
caridad.
Tendremos una
gran renovación católica si tenemos una gran caridad. Pero debemos comenzar a
ejercitarla hoy entre nosotros, a cultivarla en el seno de nuestros Institutos,
que deben ser verdaderos cenáculos de caridad. No se da lo que no se tiene: no
daremos a las almas llamas de vida, fuego y luz de Caridad, si antes no estamos
encendidos, muy encendidos, nosotros.
La Caridad
debe ser nuestro impulso y nuestro ardor, nuestra vida; somos los garibaldinos
de la caridad de Jesucristo. Nada me disgusta tanto como emplear esa palabra
para algo tan santo, tan puro, tan divino; pero lo hago para expresarme mejor.
No se puede
servir a la causa de Dios y de su Iglesia más que con una gran Caridad de vida
y de obras. No penetraremos en las conciencias, no convertiremos a la juventud,
no atraeremos los pueblos a la Iglesia sin una gran caridad y sin un verdadero
sacrificio de nosotros mismos, en la Caridad de Cristo. Hay en la sociedad una
corrupción espantosa, una ignorancia de Dios espantosa, un materialismo y un
odio espantosos: sólo la Caridad podrá conducir los corazones y los pueblos a
Dios y salvarlos.
Pero nada
sirve, o poco sirve, si no nos adueñamos de la juventud, de las escuelas y de
la prensa. Tenemos que prepararnos con gran amor a Dios y llenarnos el corazón
y las venas de la Caridad de Jesucristo, porque de otra manera no haremos nada;
en cambio abriremos un surco profundo si tenemos una profunda caridad. ¿Qué
hubiera hecho San Pablo sin la Caridad? ¿Qué hubiera hecho San Vicente de Paúl
sin la Caridad? ¿Qué hubiera hecho San Francisco Javier, Cottolengo, Don Bosco?
Nada. Nada. Nada si la Caridad.
Sin la
Caridad no tendríamos ni a los apóstoles, ni a los mártires, ni a los
confesores, ni a los santos. Sin la Caridad no tendríamos el sacerdocio, que es
misión y al mismo tiempo fruto y flor de divina Caridad. El espíritu de Dios,
que es espíritu de celestial Caridad, debe llevarnos a cuidar en los jóvenes
las santas vocaciones religiosas y los futuros sacerdotes, porque muchas
escuelas, muchas renovaciones en las almas, en los pueblos y en las obras no
florecen sino por el sacerdocio y por la vida religiosa. ¿Qué haremos nosotros,
que nos estamos volviendo viejos y ya estamos gastados, si no tenemos
continuadores?
Pienso en
esto día y noche y no lloro tanto por las miserias humanas cuanto por ver la
crisis que hay en la Iglesia en materia de vocaciones. San Vicente de Paúl se
vendió para rescatar un esclavo y nosotros, ¿seremos indiferentes y fríos en el
trabajo por dar a la Iglesia y a las almas buenos sacerdotes que continúen el
apostolado de Jesucristo? ¿Por darle hijos santos que continúen las obras
comenzadas por nosotros con la ayuda de Dios, y luchadores de la Fe en la
caridad al servicio de la Iglesia y de las almas?
Ejerzamos
gran parte de la caridad en el cultivo de las vocaciones. Roguemos para que
Dios nos mande vocaciones y para que suscite Samueles para el santuario. Las
vocaciones se cultivan con la piedad, con la oración, con el buen ejemplo, con
los santos sacramentos, con la integridad de vida, con la integridad de vida,
con la institución de pías Congregaciones, con la devoción a la Virgen Santísima.
Pero deberéis
ir con mucho tacto, con mucha delicadeza, con mucha prudencia, aun en el
hablar; ante todo debemos renovar y transformar en la caridad el corazón de
nuestros jóvenes, renovarlos y transformarlos en Jesucristo, y debemos arder
nosotros de la caridad de Jesús si queremos que después ardan ellos. Todo se
reavivará si llevamos ardiendo en las manos y alta, bien alta en el corazón la
lámpara de la Caridad de Jesucristo.
Si trabajamos
y rezamos así, a nuestro alrededor se levantarán muchas almas para dar un
fecundo y maravillosos esplendor a la
Iglesia de Jesucristo.
Yo os
suplico, queridos hijos míos, que no faltemos a lo que Dios quiere de mí y de
vosotros respecto a la atención de las vocaciones, como también a la de los
clérigos y los aspirantes, para nuestra santificación y para la salvación de
muchas almas y de muchas multitudes de almas.
El Señor no
nos mirará según nuestras miserias y nuestros pecados, sino según la grandeza
de su bondad y la multitud de sus misericordias, y escuchará nuestra oración de
pobres siervos se tenemos su Caridad y vivimos de ella. Y con su gracia nos
guiará por el camino de la paz y de nuestro sacrificio a los pies de la Santa
Iglesia de Roma, que es Madre nuestra y Madre de los vivientes; y el Señor
bendecirá y santificará nuestros pasos y los pasos de nuestra Congregación, y
la llevará con la bendición celestial a extender el reino de Dios; y los mismos
confines de la tierra serán nuestra habitación si somos humildes y fieles hijos
de la Iglesia de Roma y vivimos de la Caridad sin límites de Jesucristo,
buscando sólo a Jesucristo y su reino; ¡las almas, las almas, y las almas!
La Caridad,
ese amor grande, dulcísimo y fortísimo a la par, a Dios, a su Iglesia y a las
almas, hará vivir y prosperar a la Congregación. Dios estará con ella si en
ella está el espíritu de Dios, que es la Caridad.
La
Congregación y cada uno de nosotros no debe vivir para sí, sino por la Caridad
y por la Iglesia de Roma, que es el Cuerpo místico del Señor y la Madre de las
almas y de los santos. No debemos vivir cada uno para sí, sino cada uno para
todos los hermanos, en la Caridad del Señor. Nos hemos unido en Cristo para
vivir cada uno para todos y no para sí. No vivimos más que por la Caridad y por
la Iglesia; sólo así se es verdadero Hijo de la Divina Providencia y Dios
vivirá en nosotros si nosotros vivimos en El y de El, por la Caridad y la unión
a la Iglesia.
Esta mañana
quería escribir a los cuatro nuevos subdiáconos, por los cuales recé en la Misa
que celebré a las 6; y ahora escribo mientras ellos estarán recibiendo la
ordenación. Pero en vez de dirigirme sólo a ellos he pensado escribir a todos y
para todos, aunque mi intención es enviaros la presente en señal de unión
espiritual en la Caridad y de gozo por vuestra ordenación, queridos
subdiáconos, queridos hermanos nuestros, tanto más que ésta es la ordenación
más numerosa de subdiáconos desde que nos unimos en la Congregación, por la
Caridad del Señor.
Pero no
quiero terminar sin dirigirme a ellos, recomendando a los cuatro subdiáconos
que atesoren los dones de Dios. El Señor, queridos hijos míos, sea vuestra
esperanza y vuestra confianza: El es nuestro Consolador y la llama
inextinguible de nuestra Caridad. Poned en El toda vuestra esperanza y vuestro
corazón, por las manos de la Ssma. Virgen, en cuyo mes bendito habéis entrado
en el vestíbulo sagrado de la Iglesia. En la Imitación de Cristo (Lib. III,
cap. LIX), hay una oración de maravillosa dulzura; digámosla juntos en espíritu
y después aprendedla y repetidla, para confortación vuestra durante vuestra
vida: “En Ti, Señor Dios mío, pongo toda mi esperanza y el refugio de mi llama
y de mi vida; en Ti, Señor Dios mío, pongo todas mis tribulaciones y angustias,
porque encuentro enfermo e inestable todo lo que veo fuera de Ti”.
Reconfortaos
y sed fuertes en la Caridad. ¡Reconfortaos, hijos míos! “Hay una alegría, dice
San Agustín (X, 22), que no se concede a quien vive de tierra, sino a los que
aman y sirven al Señor y a la Iglesia con amor desinteresado; y esta alegría
eres Tú, Señor Dios nuestro. Aquí está la vida dichosa: en gozar de Ti, en Ti,
por Ti”.
Queridos
hijos míos, vivamos de la Caridad y en Caridad y viviremos de Dios, por Dios y
en Dios eternamente. Os bendigo a todos y a todos os digo: siempre adelante,
con gran Caridad, amando a Cristo y a la Iglesia et pro amore Dei.
Vuestro afmo.
en Jesucristo
Sac. Luis
Orione
d. D. P.
extracto de la carta del 2 de mayo de 1920. Cartas de Don Orione Vol I