Durante la permanencia de Don Orione en Messina, después del famoso terremoto, sucedió este simpático episodio.
El Arzobispo de Reggio Calabria, Mons. Rousset daba habitualmente cada año un solemne banquete con invitados, en ocasión de su onomástico. Un año invitó también a Don Orione. Éste partió de Messina y llegó a la cita totalmente presentable: la barba bien afeitada, hábito y sombrero nuevos, zapatos discretos y una amplia capa a la siciliana. Un Don Orione extrañamente elegante: ¡una rareza!
Don Paolo Albera, antiguo compañero de seminario y luego de apostolado, presente también él en Sicilia después del terremoto y entonces administrador del comedor episcopal, lo mira de pies a cabeza y le dice en voz alta: “¿De dónde sacaste todas estas cosas? ¿De dónde las robaste?”
“¡Cállese” -replica Don Orione- no me avergüence! Todo lo he pedido en préstamo para la ocasión a cuatro personas distintas. Si hubiese venido con mi capa, mis zapatos, mi sombrero, con mi hábito, me hubieran echado afuera como a ese de la parábola evangélica...”
Siguió una carcajada general a la cual él mismo, Don Orione, le había dado el comienzo.
