¡Hacer el bien a todos, hacer el bien siempre y nunca hacer mal a nadie! Y como el sol inunda con su luz el universo, así… resplandezca en toda su belleza el sol de la gloria, en una efusión inefable de la caridad de Cristo. (…) Que la caridad fraterna reine siempre entre nosotros, queridos míos: caridad en los deseos,
caridad en las palabras, caridad en las obras.
Amemos a Dios mucho y de verdad, y amemos verdaderamente al prójimo, porque éste es precisamente el mandamiento que recibimos de Dios.
Que nuestro amor sea humilde, luminoso, prudente: que sea fuerte y constante, que nos lleve a negarnos a nosotros mismos por amor a Jesús, per mysterium crucis de Jesús; que sea un amor tal que nos demos por completo a todos, dispuestos siempre a compadecer los defectos ajenos y a gozar con el bien de los demás.
Pongamos toda nuestra felicidad, queridos míos, en defender el amor de Dios, en dar a Dios y la felicidad a los otros, y en negarnos a nosotros mismos haciendo de nosotros un holocausto en el altar de la caridad.

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(Carta del 25.7.1936. L II, 392-s