La beatificación de don Orione
El 26 de octubre de 1980 en la Plaza San Pedro, frente
a una multitud de fieles, el Papa Juan Pablo II anunciaba la beatificación del
sacerdote italiano Luis Orione. Un gran júbilo recorrió el mundo entero uniendo
los corazones de tantos y tantas que vieron cambiar su vida sustancialmente en
compañía de Don Orione y su Pequeña Obra.
Los amigos, los religiosos, los alumnos y sus familias
de los alumnos, los empleados, los residentes de los hogares y cottolengos, los
docentes, los voluntarios, y todos aquellos que alguna vez tuvieron contacto
con él o con su obra recibieron parte en el don de su santidad.
Aquel anuncio de 1980 era un paso más hacia el
realizado por el mismo Sumo Pontífice 24 años después, el 16 de mayo de 2004:
“Don Orione Santo”.
“Genial expresión de la caridad cristiana”
Juan Pablo II, el papa que beatificó y proclamó santo
a Don Orione, manifestó en reiteradas ocasiones su admiración por el Apóstol de
la Caridad.
El papa polaco destacaba la actitud y el modo de
actuar de Don Orione frente a los nuevos cambios que se avecinaba: “Sintiéndose
llamado por el Espíritu para reportar a Cristo al pueblo y el pueblo a Cristo,
en un período histórico muy difícil de grandes cambios sociales y culturales,
en el cual tanta gente era atraída por ideologías materialistas contrarias al
Evangelio, Don Orione fue inspirado por un profundo sentido de Iglesia” (JUAN
PABLO II, Carta para el 50° aniversario de la muerte de Don Orione).
Homilía durante la Misa de la beatificación de Don
Orione
Don Luis Orione se nos presenta como una maravillosa y
genial expresión de la caridad cristiana.
Es imposible sintetizar en pocas frases la vida
azarosa y a veces dramática de aquel que se definió, humilde pero sabiamente,
“el changarín de Dios”. Pero podemos decir que fue ciertamente una de las
personalidades más eminentes de este siglo por su fe cristiana, profesada
abiertamente, y por su caridad vivida heroicamente.
Fue sacerdote de Cristo total y gozosamente,
recorriendo Italia y América Latina, consagrando la propia vida a los que
sufren más, a causa de la desgracia, de la miseria, de la perversidad humana.
Baste recordar su activa presencia entre los damnificados por el terremoto de
Messina y La Mársica. Pobre entre los pobres, impulsado por el amor de Cristo y
de los hermanos más necesitados, fundó la Pequeña Obra de la Divina
Providencia, las Pequeñas Hermanas Misioneras de la Caridad y, luego, las
Sacramentinas ciegas y los Eremitas de San Alberto.
Abrió también otras casas en Polonia (1923), en los
Estados Unidos (1934) y en Inglaterra (1936), con verdadero espíritu ecuménico.
Después quiso concretar visiblemente su amor a María, erigiendo en Tortona el
grandioso santuario de la Virgen de la Guardia. Me resulta conmovedor pensar
que Don Orione tuvo siempre una predilección particular por Polonia y sufrió
inmensamente cuando mi querida patria, en septiembre de 1939, fue invadida y
destrozada. Sé que la bandera polaca blanca y roja, que en aquellos trágicos
días llevó triunfalmente en procesión al santuario de la Virgen, está colgada
todavía en la pared de su pobrísima habitación de Tortona: ¡Allí la quiso él
mismo! Y en el último saludo que pronunció la tarde del 8 de marzo de 1940,
antes de trasladarse a San Remo, donde moriría, dice también: “Amo tanto a los
polacos. Los he amado desde chico; los he amado siempre… Amen siempre a estos
hermanos nuestros”.
El secreto y la genialidad de Don Orione brotan de su
vida, tan intensa y dinámica: ¡Se dejó conducir sólo y siempre por la lógica
precisa del amor! Amor intenso y total a Dios, a Cristo a María, a la Iglesia,
al Papa, y amor igualmente absoluto al hombre, a todo el hombre, alma y cuerpo,
y a todos los hombres, humildes y sabios, santos y pecadores, con particular
bondad y ternura para con los que sufrían, los marginados, los desesperados.
Así enunciaba su programa de acción: “Nuestra política
es la caridad grande y divina que hace el bien a todos. Que sea nuestra
política la del “Padrenuestro”. Nosotros sólo miramos a salvar almas. ¡Almas y
almas! Esta es toda nuestra vida; éste es nuestro grito y nuestro programa:
¡toda nuestra alma y todo nuestro corazón!” Y exclamaba así con acentos
líricos: ¡Cristo lleva en su corazón a la Iglesia y en su mano las lágrimas y
la sangre de los pobres: la causa de los afligidos, de los oprimidos, de las
viudas, de los huérfanos, de los humildes, de los rechazados: detrás de Cristo
se abren nuevos cielos: es como la aurora del triunfo de Dios! “.
Tuvo el temple y el corazón del apóstol Pablo, tierno
y sensible hasta las lágrimas, infatigable y animoso hasta la intrepidez, tenaz
y dinámico hasta el heroísmo, afrontando peligros de todo género, tratando a
las altas personalidades de la política y de la cultura, iluminando a hombres
sin fe, convirtiendo a pecadores, siempre recogido en continua y confiada
oración, acompañada a veces de terribles penitencias. Un año antes de la
muerte, había sintetizado así el programa esencial de su vida: “Sufrir, callar,
orar, amar, crucificarse y adorar”. Dios es admirable en sus Santos y Don
Orione es para todos ejemplo luminoso y consuelo en la fe.
Mantengan el espíritu del fundador
“El espíritu del Beato Don Orione invada sus almas,
las sacuda, las haga vibrar con santos proyectos, las lance hacia los sublimes
ideales que él mismo vivió con heroica constancia”.
Plaza de San Pedro, Vaticano, 26 de octubre de 1980 –
Juan Pablo