Este hombre, tan posesionado de su amor y de su obra,
tenía también él un pobre corazón humano. De sus cartas surge con frecuencia
como el lamento, el deseo, la dulzura de los afectos humanos. Ha amado a sus
jóvenes, a sus pobres, a sus sacerdotes, con una ternura fraterna, materna.
Muchas veces se encendía su fantasía, y después de haber escrito este párrafo
formidable:
"Amar a las almas, querer salvar a todas las almas, ayudar a Cristo a salvar, a salvar y santificar nuestras almas y las almas de nuestros hermanos, con total abnegación de nosotros mismos, total negación de nosotros mismos, total sacrificio; con total sacrificio de nosotros mismos, como hostias puras de Jesús, como corderos de Jesús, en pos de Jesús y todo por Jesús";
sentía el cansancio, la fatiga, su condición de hombre mortal, y añadía:
"Animo! prosigan así, mis queridos hijos : así se llega al santo Paraíso. Animo y adelante, que el mañana nos deparará a mí y a ustedes el santo Paraíso. ¿Qué es la vida? Vapor est: mañana estaremos con Jesús. Ah! querido y santo Paraíso!"
Al final Don Orione estaba y se veía cansado, casi terminado. De todas partes se le pedía y ordenaba que descansara. Pocos meses antes de la muerte, un ataque más grave lo dejó en tal estado que ya no pudo resistir a esas peticiones y órdenes. Aceptó ir a descansar a San Remo, donde murió.
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