"No olvidaré jamás los días de mi infancia, cuando iba desde mi pueblo a Molino para pedirle al Señor Arcipreste me recomendase a los frailes para hacerme franciscano" <7>. Es el 4 de setiembre de 1885. Luis Orione tiene trece años, ingresa al convento y le gusta. Los frailes, los compañeros son buenos, y hay tanto espacio abierto; sobre todo se reza, se estudia, existe alegría, una alegría diferente de aquella de la escuela o de la calle: un verdadero regocijo. cuatro o cinco postulantes esperan vestir el hábito de San Francisco apenas llegue el Padre Provincial. Es una perspectiva fascinante, y si para vivirla es necesario esperar, crecer, madurar, ¡bien vale la pena! "Yo - recordará Luis muchos años después - no soñaba otra cosa sino con el Hábito con capucha y cordón blanco"...<9>.
Todo cambió cuando enfermó gravemente, pero tuvo un extraño sueño o delirio que tendrá una gloriosa confirmación en la realidad cuarenta y cuatro años después: en 1928 el convento será abandonado por los franciscanos transferidos a otro lugar; ¡D. Orione lo tomará a su cargo llenándolo con más de un centenar de postulantes!
Comienza entonces la convalecencia bajo un nuevo apremio, psicológico: ¿que dirán en Pontecurone cuando vean retornar al"frailecito" fracasado?... Cuanto más se repone, tanto más agudo se hace el aguijón interno... Gritarán que ha fracasado, se reirán del pequeño conquistador de santidad que habiendo partido con tanta osadía regresa ahora rápidamente anonadado.
Pero el muchacho se vence a sí mismo, cumple un acto de confianza absoluta en el Señor: ¿Qué podrán importarle los posibles chismes pueblerinos? Es la oportunidad de ofrecer los primeros sufrimientos al Señor."Inspirándose en San Francisco de Asís, el santo tortonés organizó en los años treinta espectaculares representaciones sacras del misterio navideño, manifestaciones de fe y de arte que atrajeron a decenas de miles de personas" (P. Flavio Peloso).
“Cuando vayan a Umbría, tendrán la gracia de ir a Greccio. Yo fui allí muchas veces. San Francisco, habiendo regresado de Palestina y todavía enfervorizado por la visión de los lugares santos, quiso que también en Italia se hiciera el Pesebre viviente. Nosotros debemos volver a los primeros tiempos, al primer Pesebre, y se hará el bien” (Scritti V, 212).
Al expresarse así es San Luis Orione (1872-1940) aquel que, en tiempos modernos relanzó la sacra representación del Pesebre viviente realizada por San Francisco por primera vez en la Navidad del 1223, en Greccio, con la ayuda de la población de la zona y de Giovanni Velita, señor de aquellos lugares. Con el Pesebre viviente, el “Pobrecillo de Asís” y, recientemente, el “Santo de la Divina Providencia” intentaron recrear la mística atmósfera del Nacimiento de Belén, para ayudar a ver con los propios ojos donde nació Jesús.
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