El padre César Morelati (1916-2003) nació en Brignano Gera D’Adda, un
pequeño pueblo a los pies de los Alpes, al norte de la ciudad de
Bergamo, en la provincia de Lombardia, Italia.muerto en Claypole en 2003 el 29 de septiembre, a 87 años de edad, 70 de
profesión, 61 de sacerdocio y 67 de vida misionera.
Nació el 24 de mayo de
1916, siendo bautizado al día siguiente. El llamado de Dios le llegó a temprana
edad. "Sentí que el Señor me necesitaba, no sabía bien para qué, pero me
entregué y me dejé llevar..."
A los 12 años su madre y
el cura párroco de su pueblo lo llevaron delante de Don Orione. “Él nos
miró –cuenta el padre César– y nos llamó; ahí entré en la congregación”. Habiendo
sentido hablar de Don Orione y su preocupación por las vocaciones pobres, fue recibido en Tortona 16 de octubre de
1928, continuando sus estudios allí y en Voghera. De niño se traslada a Tortona para su formación. Allí convive cinco
años en la Casa Madre con Don Orione.
Recibió el hábito de manos
del mismo Don Orione, en la fiesta de la Inmaculada de ese mismo año. Hizo su
noviciado en Villa Moffa (1932 – 1933), y profesará en manos del Fundador el 15
de Agosto de 1933.
En la Navidad del año 1934, Don Orione, lo eligió para
participar, personificando un ángel, en el pesebre viviente del pueblo, hecho
que siempre recordaba. Luego de terminar sus estudios filosóficos, y ser por un
año asistente de los probandos en el San Bernardino,el 18 de mayo de 1936,
siendo aún clérigo, partió, como misionero hacia la Argentina, donde
permanecerá hasta la muerte,
“Don Orione estaba aquí –dice
emocionado Morelati– y quiso que yo fuera a su lado. Quería que me
preparara como maestro después de haber completado mis estudios de
Filosofía”.
Mientras estudia el magisterio vive en la comunidad de Pompeya y
trabaja en la de Carlos Pellegrini en tareas de secretaría. Aprende a
escribir a máquina y a manejar. En la casa de Carlos Pellegrini comparte
tres meses con Don Orione.
.
Sus primeros grados como maestro fueron un tercero y un cuarto en el
colegio San Vicente de Paul de Villa Domínico. Eran 42 alumnos. Allí se
ocupaba también de acompañar a los postulantes. “Todas las tardes
–recuerda– venía Don Orione desde Carlos Pellegrini a dar las buenas
noches”.
Al año siguiente fue enviado por tres años a Cuenca, en la provincia
de Buenos Aires, para que dé clase en el colegio. Después, es destinado a Claypole, para continuar
sus estudios teológicos con los Padres Verbitas en Villa Calzada (1938 – 1941).
Al terminar sus estudios en enviado al Colegio ―La Sagrada Familia‖ de Mar del
Plata (1941 – 1943) Emite su profesión perpetua el 22 de junio de 1940, en
manos del P. Zanocchi y es ordenado sacerdote, junto a 11 compañeros más, el 22
de febrero de 1942 por Mons. Aragone, en la entonces capilla San José de Mar
del Plata. . Años después irá al colegio Mons. Juan Agustín Boneo de Rosario;
más tarde se ocupará de la escuela de Victoria y después otra vez a Mar
del Plata. Así va “dando vueltas y trabajando”, como dice él, por todas
las comunidades educativas orionitas del país durante 42 años. “Tengo
siempre presente –afirma César Morelati– la solicitud que Don Orione nos
hiciera a dos o tres cuando estábamos con él en Villa Domínico:
‘Debemos trabajar porque estamos en el principio de la congregación. Si
aquí en Argentina se trabaja va a haber un paraíso, pero si no se
trabaja va a haber una gran pérdida’”.
"Yo estuve junto a un santo
En septiembre del año 2000, a pocos días de la llegada definitiva del
corazón de Don Orione a Argentina, Revista Don Orione entrevistó en
Victoria al P. César Morelati, uno de los religiosos orionitas de los
que vivieron en nuestro país que más tiempo compartió con Don Orione,
tanto en Italia como aquí.
El valor de aquel reportaje al P. Morelati se actualiza hoy al
permitirnos conocer en profundidad a Don Orione en detalles cotidianos.
Leer el testimonio del P. Morelati nos acerca al santo de la caridad a
través de alguien que mientras vivió no se cansó de decir a boca llena:
“Yo conocí a Don Orione, yo estuve con un santo”.
– ¿Qué recuerda de la convivencia con Don Orione?
– Al entrar de pequeño en la congregación parte de mi infancia fue en
la Casa Madre de Tortona. Allí fui creciendo y conociendo a Don Orione.
Como era niño había muchas cosas que todavía no comprendía. En ese
momento no me daba cuenta de la santidad de ese gran hombre. El
acostumbraba a jugar con nosotros distintos juegos que había inventado
para hacerlos en el interior de la casa, porque en el patio era
imposible debido a la nieve. Era el invierno de 1928. Él jugaba y comía
con nosotros, y cada tanto acudía al estudio y nos indicaba la ética y
la moral que tenía que seguir el postulante.
– ¿Cómo lo describiría a Don Orione?
– Su semblante transparentaba al Dios verdadero. Cuando sonreía
captaba todas las voluntades. Don Orione vivía unido a Dios y eso se
veía en su rostro. Sus ojos eran grandes, negros y siempre estaban
centelleando. Cuando se fijaba en una persona y se iba dibujando su
amplia sonrisa era cuando esa persona se serenaba. Había mucha gente que
hablaba con Don Orione para pedirle consejo.
– ¿Por qué parte de Italia hacia Argentina?
– Don Orione nos llamó para poder dar clase a los niños. En aquel
momento la Obra había abierto los colegios San Martín de Tours, de San
Fernando, y Mons. Juan Agustín Boneo, de Rosario. Llamó a alguno de los
religiosos que tenían título de maestro, y si bien yo no tenía título,
estaba de asistente de los postulantes, tenía un gran interés de conocer
América y entonces levanté la mano. El padre Sterpi hizo los trámites y
me mandó aquí junto con el padre Luis Varetto. El P. Sterpi quería que
se nos hiciera una despedida como misioneros, que fuera muy
entusiasmante para nosotros y para los que se quedaban. En la ceremonia
de despedida se nos besaron los pies, porque nos íbamos a misionar, y se
nos dio una cruz misionera. Pero cuando llegué a la Argentina, Don
Orione me pidió la cruz, la besó y me dijo: “Guarda esa cruz, aquí no
son indios”. Y yo, que tenía 20 años y venía con todo el entusiasmo, me
quedé frío. Hace 64 años que tengo la cruz guardada como me pidió Don
Orione.
– ¿Cuál fue su primer trabajo en Argentina?
– Los primeros cuatro meses estuve yendo todas las mañanas a la casa
de Carlos Pellegrini donde me ocupaba de pasar a máquina las cartas que
Don Orione escribía a mano. Muchas veces lo vi escribir y cómo cortaba
el papel cuando subrayaba. Porque él tenía un carácter fuerte y cuando
escribía cartas que eran bastante “saladitas”, subrayaba y cortaba el
papel. Yo me trasladaba para allí todas las mañanas desde Pompeya en el
colectivo 50.
– ¿En qué estaba trabajando Don Orione cuando usted llega al país?
– Lo primero que empezó Don Orione fue la obra de Avellaneda, y
después colocó la piedra fundamental del cottolengo de Claypole y más
tarde los pabellones del cottolengo. También estaba interesado en abrir
una obra en San Miguel. Fue así que contactó al dueño de los terrenos,
que tenía allí una casa de mala vida. Y Don Orione le pidió que le diera
los terrenos para transformar esa casa de mal en una de bien. El
fundador lo hacía con mucho entusiasmo anunciándolo como bienhechor, aun
cuando no había tomado la decisión de entregar la casa. Esa era la
estrategia para hacerlo decidirse. En ese momento me acuerdo del rostro
de Don Orione, que estaba iluminado. Uno es el Don Orione que yo
recordaba de pequeño y otro distinto el que me encuentro aquí, porque de
pequeño no tenía noción de que el hombre era un santo. Su mística no
pasaba por ponerse de rodillas y rezar, sino que toda su vida estaba
entregada a Dios. Mientras trabajaba, escribiendo cartas o recibiendo a
una persona, usted veía y sentía que era Dios quien hablaba.
– ¿Qué cosas preocupaban a Don Orione?
– Los colegios, porque no había maestros y no tenía plata para
pagarles. Entonces venían desde Italia muchos hermanos para poder
ocuparse de las escuelas. En 1937, un año después de mi llegada a la
Argentina, llegaron 18 hermanos para servir desde la educación.
– También compartió con él sus estadías en el Cottolengo de Claypole, ¿qué hacía Don Orione allí?
– Visitaba los distintos pabellones, que en ese momento eran seis. El
visitaba a los enfermos. Les ponía la mano sobre la cabeza y les daba
la bendición. Todos los enfermos buscaban hablarle. Yo lo acompañaba y
no perdía de vista su rostro. Se percibía la alegría que él sentía
visitando los enfermos y la alegría que le producía a los enfermos verlo
siempre sonriente.
– ¿Cómo vivió el pasado 29 de agosto (del año 2000) mientras esperaba al corazón de Don Orione?
– Caminaba por un sendero de atrás del Cottolengo de Claypole y
rezaba. Venía a mi mente cuando Don Orione, para poder comprar todos los
terrenos que están en la entrada y al costado de lo que es hoy el
cottolengo, mandaba a alguno de los religiosos con un montón de
medallitas para que las fueran “sembrando” en esos terrenos de manera
que el Señor recordara que esos campos se necesitaban. Ese día (de la
llegada de la reliquia del corazón) escuché la voz de Don Orione que era
fuerte y aguda, como de trompeta. Nos repetía lo que nos dijo a un
grupo de maestros cuando nos llevó a la escuela de Villa Domínico: “Los
dejo aquí, pero no los voy a dejar huérfanos, voy a venir mañana por la
noche”.
fuente Necrologico
fuente 100 pasos haci los 100 años de Don Orione Argentina