“Había llegado la última tarde de predicación en Castelnuovo, que acababa con la fiesta de la Inmaculada.Aquella noche había hablado sobre la confesión: la iglesia estaba llena, hasta rebosar. Durante la homilía, ni siquiera yo sé cómo, y sin darme cuenta, porque nunca había pensado en algo semejante, me brotó una expresión en la que nunca había reflexionado antes. Dije: ‘Aunque alguien hubiese puesto veneno en la taza de su madre y la hubiese hecho morir así, si está verdaderamente arrepentido y se confiesa, Dios en su
misericordia infinita está dispuesto a perdonarle su pecado’.
Terminada la homilía me puse a confesar hasta la medianoche… Debía regresar a Tortona porque tenía que dar algunas clases: por entonces daba italiano a nuestros muchachos. Aunque estaba cansado, me encaminé por el sendero que viene de Castelnuovo Scrivia a Tortona. El tiempo era pésimo…nevaba.
(...)Envuelto en mi capa, salí del pueblo sin que se viese un alma. Y hete aquí, que fuera del pueblo veo que se mueve delante de mí una sombra negra, que se acercaba hacia mi sendero surgiendo de entre la blanca nieve.
Era un hombre envuelto en una pesada capa, con el sombrero bien calzado en la cabeza: también él caminaba hacia Tortona, pero de un modo que parecía que esperaba a alguien.
Cada tanto se volvía hacia atrás y me di cuenta que al que esperaba era a mí. ¿Querría acaso robarme?... Dinero realmente yo no tenía. Sin embargo, tuve un cierto temor. Cuando llegué al lugar donde estaba, pasé a su lado, lleno de miedo... me adelanté con el saludo: ‘Buenas noches, buen hombre’.
Poco después, sentí que me llamaba: ‘Padre, quisiera decirle una palabra’.
‘¿Va a Tortona?’, le pregunté enseguida.
‘En realidad, no’.
‘Entonces, ¿Tal vez espera a alguien? o ¿quizás necesita algo ?...
‘¡La verdad es que sí! Escuche, ¿es usted Don Orione, el mismo que ha predicado esta noche en la iglesia?’
‘Sí, buen hombre’.
‘Yo escuché su última predica: usted esta noche ha dicho una palabra…’.
‘¿Qué palabra?’.
‘Usted hoy ha hablado de la confesión, de la misericordia de Dios’.
‘Sí’.
‘Bueno, quisiera saber si lo que ha dicho esta noche es realmente cierto’.
‘¡Claro que sí! Creo no haber dicho nada que no se encuentre en el Evangelio’...
‘Quisiera saber si es verdad que uno que hubiese puesto veneno en la taza de su madre, podría ser aún perdonado por su gran pecado’...
‘Basta con que esté verdaderamente arrepentido y pida perdón al Señor’...
‘Yo soy justamente ese que puso veneno en la taza de su madre: había una gran discordia entre mi madre y mi mujer, y yo maté a mi madre... ¿Puedo obtener el perdón?... Y se echó a llorar...
¡Padre, confiéseme, confiéseme!: yo soy justamente el de la taza... Desde aquel momento no he vuelto a tener paz… Hace ya tantos años…’.
Me acerqué a un poste... Se arrodilló y después se confesó llorando; le di la absolución; luego se levantó y me
abrazaba y apretaba, sin dejar de llorar y no podía separarse de mí, tanto era el consuelo que lo inundaba… Yo
también lloré y lo besé en la frente y mis lágrimas se confundían con las suyas. Quiso acompañarme casi hasta
Tortona y, sólo por mi insistencia, se volvió, y yo continué mi camino con un gran consuelo, con una alegría en
el corazón como nunca experimenté en mi vida’.
Campagna, Arcangelo. San Luis Orione, "Dar la vida cantando al amore". Buenos Aires, Agape-GEO, 2021, p.
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