“En tiempos del Colegio de Santa Clara se presentó un joven que decía estar deseoso de hacerse ermitaño de la Divina Providencia, pero era un impostor. Tosco y ávido de comida, pensaba poderse colocar adoptando el sistema de la hipocresía. Cada mañana tomaba la comunión, se mostraba piadoso en el hablar, en el caminar y en el gesticular. Se arrodillaba en presencia de todos, especialmente delante de Don Orione. Una mañana en la iglesia, suspiró en público: ‘¡Oh Señor, perdonad a este pobre pecador!’.
Don Orione que lo comprendió al vuelo lo puso rápidamente a prueba para desenmascarar su hipocresía. Lo mandó llamar y le dijo en presencia del alumno con
mejores notas del Colegio: ‘¿Qué estarías dispuesto a hacer por mí?’
El gorrón se declaró dispuesto a todo: ‘Daría la sangre, la vida, querría sufrir las penas del infierno por usted’.
‘Me conformo con menos -dijo Don Orione-, comerás lo que te lleve este chico, cuando te lo lleve’.
Había un ángulo en Santa Clara que se llamaba ‘la Siberia’, por razones fáciles de intuir. Un lugar frío, triste, que confinaba con el granero y que servía para albergar a aquellos individuos que caían por ahí sin referencias seguras. Nuestro personaje dormía allí.
No parpadeó ante la propuesta de Don Orione y se retiró a la Siberia a esperar la comida imaginando que le llegara una ración reducida. Pero no llegó ni siquiera eso y así ocurrió con la cena y el desayuno del día siguiente. El chico seguía puntualmente las órdenes de Don Orione.
La tarde del segundo día llamó a la puerta y no obteniendo respuesta miró a través de la cerradura, estudió dónde poner los pies y con un cierto temblor entró a depositar la cena en la mesa. Era un plato de alubias cocidas con un pedazo de pan. El hambriento se precipitó sobre ello para devorarlo.
La música hubiese debido continuar con los mismos compases, pero ya al tercer día el encargado de servir la comida se llevó una buena sorpresa. A la chita callando, con las alas bajas, el pájaro se había escabullido y no volvió más”
(SPARPAGLIONE, Il servo di Dio
Don Orione, Tip. Emiliana; Ed. Venecia 1941, pag. 152-153).
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