¡Almas y Almas!
Buenos Aires, 1º de marzo de 1937.
A mis beneméritos Benefactores y Benefactoras del
Pequeño Cottolengo Genovés.
¡Que la paz esté siempre con nosotros!
Se que también este año se reunirán para la fiesta de
San José oh mis Benefactores y Benefactoras de Génova. Y sabe Dios con qué
placer quisiera encontrarme con ustedes, como en otros años, pero es necesario
tener aún un poco de paciencia y luego tenderé la alegría de verlos nuevamente
a todos, si así Dios lo quiere, como espero.
Cuando luego sepan las razones de esta tardanza, no
sólo ninguno se lamentará más, tal vez más de uno dirá: "¡podía quedarse
allí aún!"
Pero, oh Buenos Amigos, hoy voy a confirmarles la
noticia de que vuelvo y que estoy con un pie en la escalinata del buque. Me
detendré un poco en Brasil, más no pasarán más tantos meses y me sabrán ya en
Italia. ¡Les daré una sorpresa! Pero, también en esta reunión de ustedes quiero
estar presente, en espíritu por lo menos.
Es hermosa la reunión de ustedes en la vigilia de San
José: en la fiesta y bajo los auspicios de San José se ha abierto en Génova el
Pequeño Cottolengo y San José no es sólo el celeste Proveedor de nuestros
pobres, sino también el Santo del Cottolengo, el cual era llamado por todos
"Don José": José Benito Cottolengo.
Ahora, como si estuviese delante, dejen que les dirija
mi más cordial saludo en el Señor, y que les agradezca, mis amados Benefactores
y Benefactoras, por todo ese bien que han hecho a nuestros pobres del
Cottolengo Genovés.
¡Que Dios los recompense ampliamente por ello en esta
y la otra vida!
¡Aquel que le da a un pobre por el amor de Dios, se lo
da a Dios mismo!
Y dejen que les diga que yo sentía que la Obra del
Pequeño Cottolengo en Génova no sufriría por mi alejamiento, más se
consolidaría y acrecentaría No podía ser de otro modo ya que el Pequeño
Cottolengo de Génova no es obra mía, sino de la Divina Providencia.
Cuando partí puse a todos los pobres en las manos de
la Santa Virgen y partí tranquilo, sabiendo bien, que el Pequeño Cottolengo,
después del Cielo, sería sostenido por la caridad de ustedes y que mis amados
Benefactores y Benefactoras de Génova seguirían favoreciéndolo. Y a medida que
se prolongaba mi permanencia, comprendías más que por el Pequeño Cottolengo de
Génova la Divina Providencia deseaba servirse de ustedes y no de mí, para sus
fines siempre justos, sapientes y santos, y también para humillar a mi gran
soberbia. Y así demostrar también, ya sea a los amigos como a los contrarios,
si los hubiera, que el Cottolengo Genovés no es obra mía, sino obra del Señor:
que va adelante, y hasta mejor, conmigo ausente y lejano por años enteros,
porque está sostenido por la mano de Dios, por la protección celeste de María
Santísima, de San José y de San José Benito Cottolengo, el santo de los
infelices y abandonados.
Y también para mostrar que está válidamente confortado
y ayudado por la benevolencia y caridad de ustedes, oh mis buenos, inolvidables
Genoveses, que tienen un modo de ser un poco arrogante, pero poseen un corazón
de oro, un corazón grande, más grande que su mar.
Pues, si el Pequeño Cottolengo se ha difundido y
extendido también a Sud América y otros lugares, esto se debe, en gran parte,
al ejemplo edificante de caridad hacia los pobres que ustedes han dado.
Cierto es, oh Genoveses que mucho han aprendido de
ustedes las personas beneméritas, que en los Pequeños Cottolengos, aquí y en
otros lugares, se ocupan de los pobres más infelices y más abandonados: ¡su
ardor, su espíritu de cristiana caridad, el margen y magnanimidad del corazón
de ustedes ha hecho escuela!
Que Dios los premie en la tierra y en el cielo.
Se entiende que, para perfeccionar el Pequeño
Cottolengo, falta aún mucho, la obra no está terminada, más solo bosquejada y
tiene aún muchas imperfecciones, pero ustedes saben que ningún hombre carece de
defectos, y así las Instituciones: también ellas se forman de a poco.
Yo, que he conocido a Don Bosco, a Don Rua, etc., les
puedo decir que, en esos tiempos, la Congregación Salesiana no estaba tan
ordenada como lo está ahora. Había muy buen espíritu y el buen espíritu vale
por muchas cosas.
Si en el Pequeño Cottolengo y en nuestras personas,
ustedes, mis Benefactores, ven que hay aún tantas carencias, no deben
descorazonarse ni enfriarse por ello, más, como ustedes aman de sincero amor a
esta obra de fe y de caridad, ustedes deben rezar por nosotros y ayudarnos con
sus consejos para mejorar cada cosa, y a nosotros mismos, ante todo.
Por gracia divina, nosotros queremos, en gran
humildad, amar y servir a Jesucristo en los pobres más necesitados y queremos
servir a los pobres con el más grande y dulce espíritu de caridad. Con la ayuda
de Dios y escuchando los buenos consejos de todos, queremos que el Pequeño
Cottolengo responda, siempre más y siempre mejor, a su fin santo, al fin para
el cual Dios, Padre misericordiosísimo, lo ha suscitado.
Desde lo profundo de nuestra nada, oh queridos
Benefactores y Benefactoras, nosotros elevamos el espíritu y el corazón al
Cielo, queremos confiar en Dios, tener en Dios la confianza más filial, una
confianza sin límites y bien sabemos que haciendo así no iremos mal, confusos;
quien confía en Dios no va confundido siempre.
Ni, por nuestros defectos, queremos descorazonarnos,
sin defectos no hay nadie. Nosotros caminaremos adelante, a los pies del Señor
y de la Santa Iglesia, orando y confiando en la Divina Providencia y en el
corazón de ustedes, siempre lleno de caridad, oh amados Benefactores, confiados
en el buen Dios, que vencerá todas nuestras miserias y triunfará en nosotros,
sus pobre hijos y trapos.
Nosotros no deseamos nada más que amar al Señor, en
fidelidad y sacrificio total de todos nosotros, esperando en El, deseosos de
perfección en su santo servicio y en la caridad, amar a Dios y a los pobres. Y
queremos in Domino, no empequeñecernos, sino pensar en grande, porque Dios es
grande, y amar a todos de amor santo y grande, y no perdernos en pequeñeces.
Y así, in domino y como buen hermano en Cristo, los
exhorto a ustedes, oh Amigos, Benefactores y Benefactoras del Pequeño
Cottolengo Genovés, a no dejarse nunca, nunca agriar el corazón, si tal vez
hubiese quien, aún con la intención del bien, tratase de sembrar cizaña,
desconfianza, crítica, disminuyendo en ustedes el espíritu de caridad y
robándoles la dulzura del corazón, pues esto no sería nunca según el espíritu del
Señor, Y ahora los saludo en el Señor, oh amadísimos Benefactores y
Benefactoras e invoco del Señor sobre ustedes la mas consolante gracia y
bendición, sobre ustedes y sobre sus familias. Rueguen por mi; por ustedes
ruego siempre.
Me es grata esta circunstancia para hacerles los
mejores augurios de Feliz Pascua, mientras con los deseos más ardientes apuro
el día para poderles expresar personalmente toda mi profunda gratitud.
Vuestro obligadísimo en Jesucristo
Sac. J. Luis Orione
de los Hijos de la Divina Providencia
Fuente Cartas Volumen II Don Orione