La devoción a María con el título de Madre de la Divina Providencia parece haber tenido su origen en el año 1732, cuando en la Iglesia de los santos Biagio y Carlos de los Catinari, en Roma, fue expuesta la imagen de la Virgen con el Niño en brazos y presentada por los Barnabitas con esa denominación.
Don Orione la conocía, pero su propuesta sobre el título “Madre de la Divina Providencia” tiene motivaciones históricas y espirituales muy distintas y novedosas respecto a este título ya existente.
Don Orione, pastor y educador del pueblo, pensó en legar su devoción mariana en la Mater Dei, dogmática y eclesial, también en una imagen, un cuadro para que fuese fácilmente identificada por el pueblo.
Descartó para su divulgación la más querida y difundida de la “Madre de la Divina Providencia” (la estatua de la Casa Madre de Tortona), porque “no puede ser propuesta como Virgen de la Congregación, porque no tiene en brazos a Jesús, y nosotros debemos habituarnos a ver en el seno de María a Jesús”.
La elección recayó en un cuadro, copia de un original de estilo bizantino de antigua factura, conservado en Venecia en el Instituto Manin. En esta imagen la Virgen tiene en su regazo al Niño. Sobre el fondo, en monogramas están escritas las palabras griegas “Mèter Theoù” (Madre de Dios). Don Orione mandó reproducir al menos una veintena de copias de aquella imagen a un pintor amigo y las repartió en las principales casas de Italia y en otras naciones.
Don Orione, escribiendo al respecto de esas imágenes a Don Sterpi, dice: “Quiero que sea venerada por los Hijos de la Divina Providencia y sea expuesta en todas las Iglesias y casas; que se tenga culto a la Virgen como Madre de Dios. La llamamos y la presentamos popularmente también como Madre de la Divina Providencia, pero sobre todo hagámosla conocer, amar y venerar como “Deìpara – Theotòkos, así como fue proclamada por el Concilio Ecuménico de Efeso, en el 431. A llamarla Mater Christi incluso llegaba el mismo Nestorio y también lo hacían los modernistas. Pero nosotros, también en la devoción a la Virgen, hemos de plantar y sembrar en los corazones la fe católica... Nosotros asumiendo esta devoción, poniendo de relieve a la Mater Dei, fijamos los puntos cardinales de la fe: la divinidad de Cristo”.

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