“Desde el 8 de septiembre predico en portugués; ayer domingo, prediqué varias veces; celebré dos Misas, una aquí y otra a 16 Km. de aquí, en un pueblo donde no hay sacerdote. El que era párroco ahora es ya de edad y fue a Río por un tratamiento y no volverá.
Estaba toda la gente esperándome y cuando me vieron aparecer, empezaron a agitar los pañuelos de la alegría. ¡Pobre gente! Estaban esperando toda la mañana. La iglesia es una desolación; me dieron ganas de llorar y sobre el altar juré una vez más al Señor ser un buen sacerdote, viendo la fe grande de ese pueblo abandonado. La iglesia estaba llena; cantaron, y yo, al oír esos cantos lloré de amor a Dios y a las almas al ver ese pueblo sin sacerdotes que bautizara a sus niños, que consolara a sus enfermos, que bendijera la tumba de sus muertos. Expliqué el Evangelio, bauticé, hice las proclamas matrimoniales, estuve con sus niños, visité a sus enfermos. (...) Queridos hijos míos, aquí, la mies de espigas doradas abunda cada día más y el campo del trabajo, el campo de la caridad, de las almas, se amplía, pero los brazos son pocos. Apuraos a formaros, apuraos a crecer, venid pronto. Necesito nuevos refuerzos, además de los cuatro que ya pedí a Don Sterpi; necesito al menos dos buenos sacerdotes más para San Pablo y otros dos clérigos ya aptos y seguros. Pido a la Virgen que los mande, pero que sean buenos, piadosos, trabajadores, sacrificados.
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