Con la oración podremos todo; sin la oración no podremos nada. Las cosas se hacen con la oración. Podremos plantar y regar, pero es Dios el que da el crecimiento, y es el medio más eficaz para ayudar a nuestras obras, a nuestros trabajos, es aquello que rezáis por todos con fervor y constancia. (Lettere di Don Orione, del 4 XI 1934).
La oración tiene que tener alma, y el alma de la oración es la fe: la fe que consigue todo y que mueve montañas; la oración, que no se limita a una hora, sino que debe ser laus perennis, la oración que no tiene límites, que deja a Dios su libertad, que no quiere atar las manos de Dios... Tenéis presente el concepto de la Providencia materna de Dios que quiere que se le rece, aunque conoce todas nuestras necesidades, y las quiere satisfacer. ¡Hay que rezar! ¡Se vale tanto cuanto se reza! Y si en algunas ocasiones se obtiene algo sin rezar, el hombre entonces edifica su propia sepultura.
(Don Orione, Nel nome della Divina Provvidenza, p. 127-128).

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