Nosotros debemos tener y formarnos con un sistema todo nuestro de educar, un sistema que complete cuanto ya de bueno tenemos de los antiguos y también de los modernos sistemas de educación; un sistema que reaccione contra la educación cristiana dada como un barniz, en apariencia más que en substancia, de formulismos más que de vida.
Nosotros queremos y debemos educar profundamente el alma y católicamente la vida, sin equivocarnos: educar a una vida católica no superficial (sólo de nombre y no de hecho) sino a una vida católica práctica, que tenga base en los sacramentos, vida de unión con Dios, de oración y verdadera piedad vivida y dignidad de virtudes.
Carta desde Victoria escrita el 21 febrero 1922
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