“Vivimos en un siglo gélido y muerto en la vida del espíritu. Todo cerrado en sí mismo, no piensa en otra cosa que en placeres, vanidades y pasiones y en la vida de esta tierra, y en nada más. ¿Quién dará vida a esta generación muerta a la vida de Dios, si no es el soplo de la caridad de Jesucristo? La faz de la tierra se renueva al calor de la primavera, pero el mundo moral sólo tendrá nueva vida por el calor de la caridad”.
Por tanto, debemos pedir a Dios no una chispa de caridad, como dice
la Imitación de Cristo, sino un horno de caridad para inflamarnos y
renovar el frío y helado mundo, con la ayuda y la gracia que nos dará el Señor.
Tendremos una gran renovación católica, si tenemos una gran
caridad. Debemos, sin embargo, empezar por practicarla hoy entre
nosotros, por cultivarla en el seno de nuestros institutos, que deben ser verdaderos cenáculos de caridad. Nemo dat, quod non habet: no daremos a las almas llamas de vida, fuego y luz de caridad, si antes, no estamos encendidos nosotros, y muy encendidos…» (Cartas Vol. I p.180)
“Y quisiera hacerme alimento espiritual para mis hermanos…” (D. Orione)
“No saber ver y amar en el mundo más que las almas de nuestros hermanos”. (
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