En su habitación tenía el gran Crucifijo. No puedo decir cuántas veces Don Orione se haya vuelto para mirar, en la jornada, a Jesús pendiente de la cruz, ni cuántas veces hubo doblado la rodilla y orado delante de aquella imagen. En verdad, tenía el Crucifijo en su habitación para volver frecuentemente su mirada al Señor". (44
La acción apostólica de Don Orione tiene dos resortes potentísimos, fueron 1) la necesidad de los hermanos ("los pueblos están cansados, están desilusionados sienten que toda la vida es vana, es vacía sin Dios " 2) la fe en Dios ("somos hijos de la Divina Providencia, no somos de aquellos catastróficos que creen que el mundo termina mañana; el último en vencer será Dios, y Dios vence en una infinita misericordia".
Su pasión por la salvación de los hombres, la obtenía, sobre todo, a los pies del Crucifijo. "La Iglesia y la sociedad tienen hoy necesidad de almas grandes, que amen a Dios y al prójimo sin medida, y que se consagren como víctimas a la caridad, que todavía es aquella que puede hacer retornar a los hombres a la fe". El advertía que semejante tipo de presencia apostólica respondía a una exigencia interior de fidelidad evangélica,
Don Orione, sensibilísimo a la misión de la Iglesia, advertía sobre los fenómenos sociales (industrialización, urbanización, etc.), ideologías y proyectos políticos, que resquebrajan la tradicional cohesión de los pueblos en torno a la Iglesia y a la fe. la separación que iba creciendo entre clero y pueblo, entre religión y sociedad, entre devoción y costumbres. La fe y el Evangelio, aunque profundamente arraigados en la tradición del pueblo, parecían no influir sobre los nuevos problemas e intereses de la vida familiar, social y cultural. Las masas obreras, sobre todo, eran atraídas, seducidas y trastornadas por otras ideologías y costumbres con la consiguiente desorientación y envilecimiento también de la vida civil. Era necesario un nuevo modo de ser "sal y levadura del mundo", un nuevo modo de "arar y sembrar a Cristo en el pueblo". Era la urgencia de la Iglesia en aquel tiempo. Y también hoy.
En sus escritos se observan miradas "amplias" sobre la escena histórica de la sociedad de su tiempo. "Debemos ser santos, pero hacernos tales santos que nuestra santidad no pertenezca solamente al culto de los fieles, ni esté solo en la Iglesia, sino que trascienda y arroje en la sociedad tanto esplendor de luz, tanta vida de amor de Dios y de los hombres para ser, más que los santos de la Iglesia, los santos del pueblo y de la salvación social".5
"Sin Cristo todo se abate, todo se ofusca, todo se resquebraja: el trabajo, la civilización, la libertad, la grandeza, la gloria del pasado, todo se destruye, todo muere". 7
44. Testimonio de Don A. Perduca, Ex processu, p. 67
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