Don Orione
“Debemos ser santos, pero
santos de tal manera que nuestra santidad no pertenezca sólo al culto de los
fieles, ni sea sólo de la Iglesia, sino que trascienda y ofrezca a la sociedad
tanto esplendor de luz y de amor a Dios y a los hombres, de modo que más que santos
de la Iglesia, seamos santos del pueblo y de la salvación social”
Abramos a las multitudes un mundo nuevo y divino,
adaptémonos con caritativa dulzura a la comprensión de los pequeños, de los
pobres, de los humildes. Queramos ser almas ardientes de fe y de caridad.
Queramos ser santos vivos para los demás, muertos a nosotros mismos.
Cada una de nuestras palabras debe ser un soplo de
cielo abierto: todos deben sentir la llama que arde en nuestro corazón y la luz
de nuestro incendio interior; encontrar en nosotros a Dios y a Cristo.
Nuestra devoción no debe dejar fríos y aburridos
porque debe ser verdaderamente toda viva y plena de Cristo. Seguir los pasos de
Jesús hasta el Calvario, y luego subir con Él a la Cruz o a los pies de la Cruz
morir de amor con Él y por Él. Tener sed de martirio. Servir en los hombres al
Hijo del Hombre.
Para conquistar a Dios y aferrar a los otros, es
necesario antes, vivir una vida intensa de Dios en nosotros mismos, tener
dentro de nosotros una fe dominante, un ideal grande que sea llama que arde y
resplandece –renunciar a nosotros mismos por los demás– que nuestra vida arda
en una idea y en un amor sagrado más fuerte.
El que obedezca a dos patrones –a los sentidos y al
espíritu– nunca podrá encontrar el secreto de conquistar a las almas. Debemos
decir palabras y crear obras que sobrevivan a nosotros. Mortificarnos en
silencio y secretamente. Sigue tu vocación y mantiene con fidelidad tus votos.
Honrémonos de hacer los más humildes servicios
domésticos.
Debemos ser santos, pero hacernos tales santos que
nuestra santidad no pertenezca solamente la culto de los fieles, ni esté sólo
en la Iglesia, sino que trascienda y arroje sobre la sociedad tanto esplendor
de luz, tanta vida de amor a Dios y a los hombres para llegar a ser, más que
los santos de la Iglesia, los santos del Pueblo y de la salvación social.

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